El penúltimo diciembre, una delegación integrada por ciento treinta familiares de caídos en la guerra de Malvinas llegó al cementerio de Darwin, en la isla Soledad, bajo un estricto protocolo militar. Entre ellos viajaba el hermano de un marino fallecido durante el hundimiento del crucero General Belgrano, quien ya había participado de otras misiones humanitarias para acompañar a los deudos en ese último peregrinaje hacia las tumbas blancas.
El viaje también reunió a varios de los últimos parientes directos de los combatientes. Treinta de ellos se movilizaban en sillas de ruedas o con andadores. Cargaban con el dolor de décadas, pero también con la esperanza de encontrar finalmente una sepultura identificada, con nombre y apellido, y de establecer un encuentro simbólico con el familiar perdido.
El Equipo Argentino de Antropología Forense trabajó con técnicas modernas para recuperar e identificar, uno por uno, los restos de soldados que durante años permanecieron en el anonimato bajo la inscripción “Soldado argentino solo conocido por Dios”. Sin embargo, no todos los familiares pudieron acceder a ese cierre. Hay un grupo al que se conoce como los “sintumba”: aquellos combatientes que desaparecieron para siempre en las aguas del Atlántico Sur.
Para ellos, la despedida posible queda concentrada en un gesto distinto. No hay una tumba que visitar ni restos que identificar, sino un cenotafio levantado en medio de la isla. Allí pueden recorrer con la yema de los dedos el nombre de su ser querido, inscripto como memoria de una ausencia que el tiempo no logró cerrar.



