La economía ha tenido históricamente un espacio donde se toman decisiones cruciales sobre inversión, crédito, infraestructura y producción. Durante años, en esa mesa se han sentado el capital, el trabajo y la tecnología. Sin embargo, hoy se ha sumado un nuevo participante, cuyo rol es cada vez más relevante: el medio ambiente.
El impacto de fenómenos como el calor extremo, las sequías y las crisis energéticas ha dejado de ser una simple anécdota. Estas situaciones climáticas están afectando directamente a balances financieros, seguros y precios. Según estimaciones del Banco Mundial, los desastres relacionados con el clima generan pérdidas que superan los 300.000 millones de dólares anuales. Además, la Agencia Internacional de la Energía señala que la ineficiencia en el uso energético puede representar hasta el 25% de los costos operativos en sectores industriales.
La producción ahora depende no solo de la maquinaria y la mano de obra, sino también de factores como la disponibilidad de agua y la estabilidad energética. Esta nueva realidad exige una revisión integral de las estrategias empresariales. En América Latina, por ejemplo, la productividad agrícola ha disminuido entre un 5% y un 10% en zonas afectadas por el estrés hídrico en la última década. Por otro lado, en Europa, las olas de calor de 2022 provocaron una reducción del 15% en la generación hidroeléctrica, lo que impactó en los costos de producción. Así, las empresas están adoptando tecnologías más sostenibles y ajustando sus operaciones para adaptarse a esta nueva normalidad.



