La crisis climática pone en jaque la celebración de los Juegos Olímpicos de Invierno, ya que más de la mitad de las ciudades candidatas enfrentarán serios riesgos ambientales para el año 2080. Esta alarmante situación se evidenció durante los recientes Juegos de Milán-Cortina, donde las altas temperaturas llevaron a que los competidores, como el esquiador estadounidense John Steel Hagenbuch, compitieran en condiciones inusuales, con temperaturas que favorecían el deshielo.

Cortina d’Ampezzo, que ya fue sede de los Juegos en 1956, ha experimentado un aumento de 3,6 °C en su temperatura media de febrero en los últimos 70 años. Este incremento ha provocado una notable disminución en los días con heladas y en la cantidad de nieve acumulada, lo que complica la realización de eventos invernales. De acuerdo con datos de Climate Central, el espesor del manto de nieve en los Alpes ha disminuido un 8,4% por década, lo que pone en riesgo no solo la competencia deportiva, sino también la viabilidad de muchas estaciones de esquí.

El Comité Olímpico Internacional ha intentado mitigar estos efectos mediante la producción de nieve artificial, generando cerca de 948.000 metros cúbicos para los recientes juegos, aunque esta práctica conlleva costos ambientales significativos, incluyendo un alto consumo de agua y energía. Según un estudio de Nature Climate Change, si el calentamiento global alcanza los 4 °C, el 71% de las estaciones de esquí en Europa enfrentará un riesgo elevado de escasez de nieve, lo que podría transformar radicalmente el futuro de los Juegos Olímpicos de Invierno.