La cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), realizada en Ankara, Turquía, expuso una nueva distribución de responsabilidades dentro de la alianza. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegó al encuentro con el objetivo de profundizar una transformación que ya había planteado durante su primer mandato: Washington conservará su condición de principal potencia militar del bloque, pero los países europeos deberán asumir una mayor parte del esfuerzo económico, industrial y estratégico destinado a su propia defensa.

El enfoque forma parte de la estrategia de Trump, que busca mantener la capacidad estadounidense para intervenir con fuerza en cualquier escenario global, mientras Europa toma a su cargo la protección de su propio continente. En ese esquema, definido como OTAN 3.0, los aliados europeos quedarían al frente de la disuasión convencional. Estados Unidos, en tanto, mantendría el paraguas nuclear de la organización mientras concentra sus recursos y su atención en otras prioridades.

Durante la reunión, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, subrayó la necesidad de impulsar una revolución industrial de la defensa. El objetivo es que Europa recupere capacidades que se redujeron durante décadas de menor gasto militar y pueda responder al déficit crónico de producción. Para avanzar en esa dirección, Rutte reclamó a las grandes empresas armamentísticas europeas que anuncien inversiones y firmen contratos, en un contexto marcado por la ofensiva rusa y por la exigencia de que los países del continente asuman plenamente su autonomía defensiva.