Las monarquías enfrentan presiones únicas cuando sus vínculos familiares se ven comprometidos por controversias públicas. La gestión de estos conflictos es esencial para mantener la estabilidad institucional. La distancia que se establece entre la Corona y los miembros implicados en escándalos es crucial para preservar la legitimidad ante la sociedad.

En este contexto, la familia real británica se encuentra ahora ante la difícil tarea de manejar la situación del príncipe Andrés, vinculado a la polémica con Epstein. Existen indicios de que durante su tiempo como Representante Especial para Comercio Internacional e Inversión, el príncipe pudo haber compartido información confidencial sobre el gobierno británico con Epstein, lo que añade un nuevo nivel de complejidad a la crisis.

Carlos III, en medio de esta tormenta, tiene la oportunidad de seguir el ejemplo de Felipe VI de España. Ante el escándalo del Caso Nóos, que involucró a su cuñado Iñaki Urdangarín, Felipe VI actuó con determinación al distanciarse de su hermana, la infanta Cristina, revocándole el título de Duquesa de Palma. Esta decisión, adoptada en un momento crítico, fue parte de un conjunto de medidas destinadas a restaurar la confianza en la monarquía, lo que podría servir de guía para el actual rey británico en su intento por salvaguardar la reputación de la Casa Windsor.