La Administración de Seguridad del Transporte (TSA) controló a más de 2 millones de pasajeros por día durante el verano en los aeropuertos de Estados Unidos. En medio del intenso movimiento de viajeros, sus agentes detectaron, además de artículos habituales como botellas de agua y protectores solares, objetos que no podían ser trasladados a bordo de un avión.
A fines de junio, personal del Aeropuerto Internacional de Indianápolis encontró dos granadas de humo activas dentro del equipaje despachado de un pasajero. Una de ellas estaba sumergida en un frasco de mantequilla de maní. La normativa impide viajar con granadas de cualquier tipo, por lo que el hallazgo demandó la intervención de los agentes de seguridad.
Otro episodio ocurrió el 15 de junio en el Aeropuerto Metropolitano del Condado de Wayne de Detroit. Allí, un pasajero llevaba una granada inerte escondida en su equipaje de mano. Como consecuencia, los agentes de la TSA evacuaron y cerraron el sector de control de seguridad, y convocaron a un especialista en explosivos y a la policía del aeropuerto.



