La reciente orden del presidente estadounidense Donald Trump para llevar a cabo un ataque contra Irán añade un nuevo elemento de incertidumbre al delicado equilibrio del mercado petrolero mundial, que ya enfrentaba una alta volatilidad. Más allá de las implicaciones políticas y militares, los inversores centran su atención en el sector energético, dado que Irán produce aproximadamente 3,3 millones de barriles diarios, lo que representa alrededor del 3% de la producción global y lo ubica como el cuarto mayor productor dentro de la OPEP.

La influencia de Irán en el mercado energético internacional va más allá de su capacidad de producción, ya que su ubicación geográfica es crucial. El país controla una de las costas del Estrecho de Ormuz, un pasaje vital por el que transita cerca del 20% del petróleo comercializado en el mundo. Esta situación implica que cualquier escalada de tensión en la región podría tener repercusiones significativas en los precios, costos de transporte y expectativas de suministro.

Actualmente, la producción de crudo de Irán se sitúa en niveles superiores a los 3,3 millones de barriles diarios, un crecimiento notable en comparación con los menos de 2 millones que exportaba en 2020, a pesar de las sanciones internacionales. Teherán ha logrado desarrollar estrategias para eludir estas restricciones, enviando cerca del 90% de sus exportaciones a China. Sus principales campos petroleros se encuentran en la provincia de Juzestán, mientras que la refinación se lleva a cabo en instalaciones como la planta de Abadán, que procesa más de 500.000 barriles diarios.