El seleccionado belga se prepara para el Mundial 2026 con la incertidumbre de que esta podría ser la última oportunidad para una generación que ha dejado su huella en el fútbol internacional. Pese a sus logros, este grupo ha enfrentado frustraciones y tensiones internas, principalmente evidenciadas en la difícil relación entre Kevin De Bruyne y Thibaut Courtois. Con la llegada de Rudi García como nuevo director técnico, Bélgica busca recuperar el espíritu competitivo y la cohesión que parecieran haberse perdido.

La relación entre De Bruyne y Courtois se vio gravemente afectada desde 2014 a raíz de un episodio personal que rompió su amistad de años. Ambos futbolistas, que compartieron su trayectoria desde las categorías juveniles hasta el Chelsea, se distanciarían tras la revelación de una relación entre Courtois y la entonces pareja de De Bruyne. Desde ese momento, su interacción se ha limitado a lo estrictamente profesional, afectando la dinámica del equipo en varios momentos críticos.

La rivalidad entre ambos no solo ha influido en su relación personal, sino que también ha dejado huellas en las decisiones del equipo. Por ejemplo, la reciente controversia sobre la capitanía, en la que Courtois no fue elegido como capitán en ausencia de De Bruyne, generó malestar y llevó al arquero a alejarse temporalmente del grupo. Pese a ello, el nuevo entrenador García tiene la tarea de revitalizar al equipo, que ha visto un declive en su rendimiento tras alcanzar el tercer puesto en el Mundial de 2018. Las expectativas siguen siendo altas, y la presión sobre esta talentosa generación continúa creciendo.