Cada 8 de marzo, las redes sociales se inundan de críticas hacia las intervenciones artísticas que las mujeres realizan en monumentos y espacios públicos durante la marcha por el Día Internacional de la Mujer. Este debate suele desviar la atención de las verdaderas problemáticas que se denuncian, como la violencia de género y las trágicas historias que cada cartel, consigna o intervención representa.
Es importante mencionar que estas acciones, que se agrupan bajo el término iconoclasia, tienen un profundo significado de protesta. A través de ellas, las mujeres buscan visibilizar no solo sus propias experiencias, sino también las de miles que han sufrido en silencio la violencia y la desigualdad. La falta de respuesta del Estado a estas denuncias agrava aún más la situación, lo que lleva a cuestionar la preocupación por los monumentos frente a la gravedad de feminicidios y desapariciones.
Las intervenciones en la movilización del 8 de marzo no son un fenómeno aislado ni exclusivo del feminismo; a lo largo de la historia, diferentes movimientos sociales han utilizado la iconoclasia para desafiar el statu quo y exigir cambios significativos en las estructuras de poder. En este contexto, la acción de alterar monumentos busca captar la atención sobre la inacción estatal frente a la violencia y la desigualdad que persisten en la sociedad. Para muchas, esto representa una forma legítima de canalizar su indignación y su rabia ante la falta de soluciones efectivas.


