El 17 de enero de 1966, la pequeña localidad de Palomares, en Cuevas de Almanzora (Almería), se convirtió en el centro de atención mundial tras un accidente nuclear que ha dejado secuelas hasta el día de hoy. En cuestión de minutos, el tranquilo pueblo pasó a ser el escenario de un grave incidente que involucró la caída de cuatro bombas de hidrógeno, cada una con una potencia equivalente a más de 70 veces la bomba de Hiroshima.
La tragedia se desencadenó cuando un bombardero B-52 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos colisionó con un avión nodriza durante una misión de la operación Chrome Dome, diseñada para mantener en vuelo continuo a los bombarderos como medida de disuasión en la Guerra Fría. De las cuatro bombas que cayeron, dos quedaron intactas, mientras que las otras dos liberaron su carga radiactiva en la atmósfera, dispersando aerosol radiactivo en la región sin que se produjera una explosión.
A raíz del accidente, el ejército estadounidense desplegó un gran número de soldados para recuperar las bombas, superando incluso a la población local en número. La búsqueda de la bomba que cayó al mar se extendió por casi tres meses. En un contexto de auge turístico en España, las autoridades intentaron minimizar el riesgo a la salud pública, destacando un famoso episodio en el que Manuel Fraga, entonces ministro de Información y Turismo, se bañó en la playa junto al embajador estadounidense Duke, un acto que fue utilizado para restar importancia al grave incidente. Ecologistas en Acción ha denunciado que, a pesar del tiempo transcurrido, la contaminación radiactiva en la zona sigue siendo un problema sin resolver.



