Quizás por haber crecido en el siglo XX, cuando pienso en la idea de refugio no la vinculo necesariamente con lo familiar, lo cercano o lo privado. También la asocio con ciertos espacios públicos, capaces de ofrecer cobijo sin pedir explicaciones ni establecer vínculos permanentes.

Durante mi adolescencia, el Teatro San Martín y el Centro Cultural San Martín fueron, sin que yo lo supiera entonces, una suerte de regazo. Era una adolescente solitaria y, con poco más que el dinero para el colectivo, podía ir hasta el centro y saber que allí encontraría algo para hacer. La galería de fotos funcionaba como un pasaje entre el edificio de la avenida Corrientes y el de la calle Sarmiento. Había talleres, espectáculos y muestras: distintas formas de permanecer y mirar.

En los años posteriores al retorno de la democracia, la Sala Lugones ofrecía funciones gratuitas de cine al mediodía. Muchas de mis “rateadas” escolares terminaron en esa sala, donde solían reunirse algún cinéfilo, tres o cuatro jubilados, la estudiante hosca que yo era y, casi siempre, una o dos personas sin techo que se instalaban en las butacas del fondo y guardaban el silencio correspondiente. Nadie hablaba con nadie. Yo recibía esas películas —por lo general, clásicos en blanco y negro o títulos de cinematografías lejanas— con la ingenuidad de quien atraviesa la existencia como una pizarra en blanco. Cuando terminaba la función, cada persona se levantaba y continuaba con su vida. Durante una o dos horas, sin pedirnos nada, la sala había ofrecido un lugar común y silencioso.