La discusión sobre el gusto suele quedar atrapada en una certeza tan extendida como difícil de rebatir: lo que a una persona le resulta atractivo puede provocar rechazo en otra. Un profesor de estética resumía esa idea con una frase que sus alumnos adoptaron con humor: “El mal gusto siempre es del otro”. La expresión funcionaba como una forma irónica de reivindicar la subjetividad en la valoración de una obra.

Una idea similar aparece en la sabiduría popular con el dicho “Siempre hay un roto para un descosido”, especialmente cuando se habla de las preferencias afectivas. En ambos casos, el planteo es el mismo: no existe una medida universal capaz de ordenar por completo aquello que nos complace o nos repele.

Esa reflexión surgió después de una función anticipada para periodistas de Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu, que se estrena hoy en la Argentina. La experiencia resultó, para quien escribe, demencial y sorprendente en distintos niveles. Al salir de la sala, quedó la impresión de estar ante una obra destinada a generar opiniones enfrentadas y a confirmar que, en materia de cine, siempre puede haber un espectador dispuesto a encontrar valor allí donde otro solo ve exceso.