La historia de la educación en Argentina ha estado marcada por tensiones y desigualdades, especialmente en lo que respecta a la vivencia de las mujeres en entornos tradicionalmente masculinos. Una exalumna del Manuel Belgrano, un colegio que ha tenido una rica tradición educativa y ha sido el paso de figuras como Jorge Luis Borges y Marcelo Tinelli, comparte su experiencia al haber sido parte de la segunda generación de mujeres en esa institución. A sus trece años, la joven se encontró en un ambiente en el que la figura de la mujer era vista como una intrusa, una percepción que la llevó a tomar conciencia de su propia identidad y a adoptar el feminismo como una defensa ante la opresión que enfrentaba.
La rectora de la institución, en lugar de dar la bienvenida a las nuevas alumnas, optó por un enfoque autoritario y conservador, lo que generó un clima de hostilidad. La rectora se refería a las chicas con desdén, describiéndolas como una plaga que había invadido un espacio que, según ella, pertenecía a los varones. La percepción de que las mujeres eran responsables de contaminar un entorno educativo que debía ser masculino resultó en una serie de restricciones que limitaban la libertad de las alumnas. Así, ser feminista se convirtió en una respuesta inevitable ante la necesidad de afirmar su lugar en un mundo que intentaba silenciarlas.
Esa experiencia educativa estuvo marcada por la rigidez de las normas de vestimenta. Las alumnas eran obligadas a usar guardapolvo, una prenda que, aunque tenía la intención de promover la igualdad, terminó por subrayar las diferencias en el trato entre géneros. Mientras los varones disfrutaban de cierta libertad, como quitarse la corbata al llegar la democracia, las chicas no podían despojarse de sus prendas restrictivas. Este contexto motivó una protesta por parte de las alumnas, quienes exigieron poder vestirse de manera similar a sus compañeros, una solicitud que fue respondida con represalias, como la suspensión y la restricción de su acceso a actividades académicas.
La lucha por la igualdad en el ámbito escolar no es solo un capítulo de su vida, sino una representación de la lucha más amplia por los derechos de las mujeres en la sociedad. La autora recuerda cómo, en medio de estas tensiones, se gestó una comunidad entre las alumnas, quienes encontraron consuelo y fortaleza en su unión. En el patio del colegio, donde las reglas parecían más severas, la música de Los Redonditos de Ricota resonaba como una forma de resistencia. A través de la música, las jóvenes podían evadirse de la opresión y encontrar momentos de libertad.
Entre las anécdotas que comparte, destaca un momento particularmente significativo: las conversaciones con Luca Prodan, el emblemático músico argentino que, a pesar de su estatus de estrella, se acercaba y desafiaba las dinámicas de género. Su invitación a mezclar los grupos de chicos y chicas era más que un simple comentario; representaba un llamado a la inclusión y la celebración de la diversidad. Este tipo de interacciones se convirtieron en un faro de esperanza, recordando a las chicas que había un mundo más allá de las restricciones impuestas por su entorno.
Finalmente, la exalumna reflexiona sobre el valor de la amistad durante esos años formativos. Aunque el dolor y la incomprensión estaban presentes, la compañía de sus amigas se convirtió en un bálsamo que les permitió enfrentar los desafíos de la adolescencia. A través de sus vivencias, se percibe que la lucha por la igualdad de género comienza desde la infancia y que cada historia personal contribuye a la construcción de un relato colectivo que busca romper con las barreras de la desigualdad. En este sentido, el feminismo no solo es una ideología, sino una herramienta de transformación social que sigue siendo relevante en la actualidad, especialmente en un mundo que aún lucha contra la discriminación y la opresión.
En conclusión, la experiencia de esta joven feminista en un colegio tradicional refleja las luchas que muchas mujeres han enfrentado a lo largo de la historia en el ámbito educativo. Su relato es un recordatorio de la importancia de la igualdad y la necesidad de crear espacios donde todas las voces sean escuchadas y valoradas. La vivencia compartida entre mujeres no solo construye lazos de solidaridad, sino que también sienta las bases para un futuro más inclusivo y equitativo.



