La Argentina no está en Asia, pero tiene numerosos “elefantes blancos”: obras concebidas para transformar barrios, ciudades o incluso el país y que quedaron detenidas antes de llegar a cumplir su propósito. Hospitales, rutas, represas, aeropuertos, parques de diversiones y edificios forman parte de ese inventario de proyectos pensados para un futuro promisorio y finalmente congelados.

Uno de los casos más emblemáticos fue el gigantesco hospital inconcluso de Villa Lugano, cuya historia llegó al cine en Elefante Blanco, la película de Pablo Trapero estrenada en 2012. La expresión, convertida en una metáfora de alcance universal, alude a una estructura costosa de mantener y sin una utilidad concreta.

Mucho antes de que esa imagen llegara a la pantalla, ya conocía el término por experiencia propia: durante mi adolescencia estudié dentro de una de esas construcciones. El edificio que actualmente ocupa el Hospital Central de San Isidro era entonces, literalmente, una obra en construcción.

La dimensión de la estructura permitió que también funcionara allí el Colegio Nacional de Martínez, antes de que la institución tuviera una sede propia. La decisión surgió frente a una demanda educativa que desbordaba a los colegios de la zona y por la presión de los padres. Las autoridades nacionales habilitaron para ese fin una parte de la mole que había permanecido abandonada durante años sobre la avenida Santa Fe.

Las aulas fueron armadas con tabiques de madera, mientras que las estructuras sin revoque y el gris del concreto dominaban el edificio. Las ventanas no tenían vidrios y tampoco había estufas. Durante el invierno, los alumnos asistían a clase con los guantes puestos y bufanda, en un espacio que todavía conservaba las marcas de una obra inconclusa.