Un hombre asegura que su esposa sospecha que fue víctima de una brujería y señala como principal acusada a su hermana. Según ese relato, la mujer habría contado con la complicidad de una de sus asistentes para sacar unos calzoncillos de su ropero y utilizarlos en supuestos rituales, con pociones de hierbas y alfileres clavados en una fotografía. El objetivo, siempre de acuerdo con la versión presentada, habría sido provocarle distintos males: amores contrariados, impotencia erótica, fracasos literarios, problemas económicos y una salud debilitada.

El protagonista sostiene que tiene numerosos enemigos y admite que, en buena medida, se los ganó por sus propias acciones. También reconoce que les desea el mal y que reza cada noche para que sufran, caigan en la miseria y terminen alejándose de este mundo. Entre quienes identifica como adversarios menciona a políticos en el poder, empresarios interesados en aumentar sus ganancias y personas vinculadas con canales de televisión que celebrarían su decadencia como figura televisiva.

La lista incluye además a examantes y examigos expuestos en sus novelas, así como a familiares a los que define como honorables y que lo consideran un felón. En ese repaso, afirma que ya no conserva amistades y que perdió a todos sus amigos por responsabilidad propia, aunque asegura que no los extraña. Incluso sostiene que los apartó deliberadamente hasta el punto de que ahora ellos se alegran de no verlo. A sus editores tampoco los ubica en el lugar de amigos, sino, en el mejor de los casos, como aliados. El relato queda inconcluso cuando comienza a referirse a la relación con ellos.