No sé por dónde empezar, Lio. Tal vez por lo más profundo: tus lágrimas nos conmueven, nos quiebran y nos dejan sin defensas. Te hicimos tan nuestro que sentimos lo que te pasa. Cuando sonreís, todo parece iluminarse; cuando te derrumbás, se cae algo dentro de nosotros. No se trata de exagerar un vínculo, sino de reconocer cuánto lugar ocupás en quienes te admiramos.

En 2014 y 2016, cuando muchos decían que no sentías la camiseta, te defendía en bares y asados. No lo cuento para hablar de mí, sino para explicar lo que significabas: te defendía porque te quería y me dolía que no te valoraran. Ya estabas adentro. Después te metiste todavía más, porque te veía ser Maradona cada tres días en el Barça y porque, sentado en un sillón, me llevabas de viaje hacia la belleza.

Hay un instante, justo antes de que toques la pelota, que parece pedir un nombre largo en alemán o corto en japonés. Es la expectativa de que vas a crear, una vez más, algo que ya vimos miles de veces: el diálogo suave y letal entre esa pelota y tus dos pies sutiles, que parecen las manos de un mago moviendo naipes livianos. Tu película me tuvo siempre ahí, como un chico que sonríe mientras come pochoclos. Admirándote. Hoy te recuerdo porque siento que empezás a escurrirte de nuestras manos, Capitán, y no queremos soltarte.