Neil Selwyn, destacado investigador en educación digital, nos plantea un dilema contemporáneo sobre el control y beneficio en el ámbito de la educación y la cultura, subrayando que las dinámicas actuales superan a docentes y usuarios. En este contexto, la música se ve profundamente afectada, ya que el 85% de las reproducciones musicales se realizan a través de plataformas como Spotify, Apple Music y YouTube Music, que están regidas por algoritmos que no solo distribuyen sino que también jerarquizan y recomiendan lo que escuchamos.
El fenómeno de la "datificación" y la "algoritmización" ha transformado la experiencia musical, generando un nuevo paradigma donde la elección de las canciones se encuentra mediada por un sistema que condiciona no solo lo que escuchamos, sino cómo lo hacemos. Ante esta realidad, surge la interrogante acerca de la autenticidad de nuestras preferencias. ¿Realmente elegimos lo que nos gusta o estamos siendo guiados y moldeados por las recomendaciones de estas plataformas?
Históricamente, la manipulación de las preferencias no es exclusiva de la era digital. Desde los días de la radio y la televisión, la elección musical ha estado sujeta a un proceso de repetición y curaduría que limitaba la libertad del oyente. La famosa frase de la radio argentina que decía: "no sabés si te gusta porque te la pasamos todo el tiempo, o si te la pasamos todo el tiempo porque te gusta", refleja cómo el gusto puede ser construido a partir de la exposición constante a ciertas canciones, haciendo que lo que consideramos deseo espontáneo sea, en muchos casos, una elección inducida.
Un recuerdo significativo de esta dinámica se remonta a 1998, cuando uno de los autores de esta nota, en un intento de participar en un programa de radio, terminó solicitando una canción de Ekhymosis, la banda que catapultaría a la fama a Juanes. Aunque su intención inicial no era pedir un tema, la invitación a hacerlo revela cómo el oyente puede ser guiado hacia preferencias que, en teoría, son percibidas como propias. Esta anécdota pone de manifiesto que, aunque el oyente puede parecer un agente activo, su participación puede estar guionada por los intereses de la emisora.
La búsqueda de autonomía en la elección musical es un fenómeno constante. A pesar de las limitaciones impuestas por las plataformas y los medios, los oyentes siempre han encontrado maneras de ejercer su libertad de elección. Las redes sociales, por ejemplo, han proporcionado un espacio para que los usuarios compartan sus gustos, creando una comunidad que desafía las normas establecidas por los algoritmos. A través de listas de reproducción personalizadas y recomendaciones compartidas, los oyentes pueden resistir la imposición de preferencias y explorar nuevas sonoridades.
Sin embargo, la tensión entre la elección y la imposición es innegable. Cada vez más, los algoritmos de las plataformas están diseñados para optimizar la retención del usuario, y esto se traduce en una programación que prioriza la repetición de ciertos géneros y artistas. Esto plantea preguntas críticas sobre la diversidad musical y la capacidad de los oyentes para acceder a una variedad de opciones. La música, un arte intrínsecamente subjetivo, corre el riesgo de convertirse en un producto estandarizado, donde las decisiones son tomadas no por los oyentes, sino por un conjunto de datos que buscan maximizar el engagement.
En definitiva, la ilusión de elegir en el ámbito musical se enfrenta a las realidades de un sistema que, aunque ofrece una amplia gama de opciones, puede estar restringido por las lógicas comerciales que lo sustentan. El desafío radica en encontrar un equilibrio entre el disfrute genuino de la música y la resistencia a ser moldeados por algoritmos que, aunque eficientes, pueden limitar nuestra capacidad de explorar y disfrutar la riqueza de la experiencia musical.



