Durante la depuración del placard, una remera negra de Purple Rain apareció arrugada y casi oculta bajo una pila de ropa. La prenda, gastada por los años, conserva la inscripción con la tipografía de la tapa del disco de Prince, además asociada al afiche de la película. El hallazgo abrió una pregunta sencilla, aunque difícil de resolver: ¿se va o se queda?
Según las reglas habituales para ordenar un placard, la decisión parecía evidente. La remera es vieja, perdió parte de su color y quizá hoy resulte algo ajustada. Sin embargo, al observarla con más atención, esas condiciones objetivas quedaron desplazadas por la historia que guarda. Ya no se trataba solamente de una prenda usada, sino de un objeto ligado a un momento preciso y a una emoción que el paso del tiempo no consiguió borrar.
La memoria volvió entonces a un viernes por la noche de los años 80. Después de la habitual visita al videoclub, el regreso a casa tuvo un atractivo especial: mientras su padre conducía con destreza un Taunus Ghia y esquivaba los cráteres de una avenida del sur del conurbano, ella llevaba entre las manos el VHS de Purple Rain, una película que había deseado durante mucho tiempo.
No era simplemente un film, sino una suerte de rito de pasaje. La película se había estrenado en 1985 con la calificación “Apta para mayores de 16 años”, cuando ella tenía 11 y todavía no había podido verla en el cine. Que sus padres le concedieran ese tiempo frente al VHS convirtió aquella noche en un recuerdo perdurable. Por eso, frente a la remera encontrada, la pregunta dejó de ser cuánto vale o cuánto dura una prenda y pasó a ser qué lugar ocupa en una vida.



