En “Quedándote o yéndote”, una canción de Kamikaze, el disco de 1982, Luis Alberto Spinetta canta: “la lluvia borra la maldad y lava todas las heridas de tu alma”. Durante décadas elegí creerle. No hubo tormenta que no asociara con esa imagen ni momento frente a una ventana, mirando caer el agua, en el que no pensara que el temporal era apenas el anuncio inevitable de cielos propicios. El Flaco, como suele ocurrir con los artistas eternos, conseguía que la esperanza sonara posible.
Pero algunas tempestades familiares recientes volvieron más difícil sostener ese proverbio spinetteano. En su lugar aparecieron otras canciones y otras formas de leer el clima. Está “Llueve sobre mojado”, de Joaquín Sabina y Fito Páez, con su idea de que “todos los sábados son martes y 13”. Y también “A mí la lluvia no me inspira”, de Antonio Birabent, lejos de cualquier romanticismo: allí el agua se parece más al destino cuando se ensaña y deja a alguien “mojado, aburrido y amargado”.
Aun así, quienes pertenecemos a la generación X crecimos con una consigna difícil de abandonar: “retroceder nunca, rendirse jamás”. Es el nombre de una película de los años 80 en la que un joven karateca, descorazonado, se enfrenta con un ruso maléfico interpretado por Jean-Claude Van Damme y logra triunfar gracias a la ayuda celestial de su ídolo, Bruce Lee. Por eso, cuando el optimismo de Spinetta ya no alcanza y la lluvia parece insistir sobre las heridas, la reacción inmediata es buscar en la caja de herramientas emocionales algún remedio artístico que permita atravesar los días grises.



