No siempre sigo las recomendaciones de los algoritmos. Hasta ahora, además, nunca tuve la dudosa epifanía de pensar que una plataforma me conoce mejor que yo misma. Sin embargo, ayer presté atención a una de ellas: en la sección “Sugerencias para ti” de Mubi aparecían 2046, de Wong Kar Wai; Lamb, del islandés Valdimar Jóhannsson, y La práctica, del escritor y cineasta argentino Martín Rejtman.
Es improbable que el sistema haya reunido esas películas porque efectivamente me conoce. Pero, al menos en un punto, acertó: desde su estreno, hace unos años, tenía ganas de ver la última película de Rejtman y el streaming me ofrecía ahora la posibilidad de hacerlo.
¿Por qué me gusta el cine de Rejtman? En primer lugar, por su estilo personalísimo. También por algo menos preciso: la coincidencia entre un momento de la vida, la propia juventud y el surgimiento de una corriente cultural igualmente joven. Esa combinación vuelve sobre una película y sobre algunos hitos: una figurita de porcelana, Rosario Bléfari y un diálogo inolvidable:
—¿Hola?
—Silvia Prieto.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Silvia Prieto.
A ese intercambio habría que sumar la manera en que Bléfari terminaba la llamada desde un teléfono público de Entel, la marca de jabón “Brite” y una escapada a Mar del Plata. Silvia Prieto no fue la primera película de Rejtman, pero su estreno, en 1999, la convirtió en una de las obras que más sólidamente quedaron asociadas al imaginario de una época, junto con el impulso refrescante de las películas del llamado Nuevo Cine Argentino.
La aparición de La práctica entre las sugerencias reactivó ese vínculo con una obra y con un período que siguen resonando de manera inesperada. A veces, el algoritmo no conoce a quien mira; apenas encuentra, por azar, una puerta de entrada hacia algo que ya estaba esperando ser visto.



