La disponibilidad de barcos y contenedores se convirtió en uno de los principales límites para la exportación pesquera desde Puerto Madryn. “Cuando no hay enchufes, no hay reefer, listo, nos vamos por Buenos Aires”, resume Lorena, despachante de aduana, al describir una situación que se repite durante cada temporada de pesca y que condiciona el destino de las cargas patagónicas.

La operatoria del puerto está marcada por la falta de contenedores vacíos y por la capacidad limitada de enchufes para los equipos refrigerados, conocidos como reefer. Cuando esos espacios se ocupan, las empresas deben buscar alternativas logísticas para despachar la mercadería. A esa dificultad se suma que el puerto recibe un único barco, que llega desde el norte y realiza un recorrido hacia el sur. Si la embarcación se demora en alguno de los puertos intermedios, el retraso se traslada a las escalas siguientes, incluido Puerto Madryn.

La situación también afecta las posibilidades de crecimiento de nuevos exportadores de la región, ya que la logística disponible termina siendo un factor determinante para definir cuándo y por dónde salen los productos. Según explicó Lorena, hace cuatro o cinco años había dos barcos a disposición, que se turnaban para atender la operatoria. La reducción de esa oferta dejó al puerto más expuesto a las demoras y a la falta de capacidad.

En Puerto Madryn, la actividad no se limita a la pesca. El aluminio representa un movimiento constante durante todo el año, porque su producción no se detiene, mientras que la pesca tiene temporadas bien diferenciadas. En el pasado también se exportaba lana, pero esos embarques desaparecieron con el cierre de las laneras. Esa diferencia entre una producción permanente y otra estacional condiciona el trabajo cotidiano de los despachantes y vuelve más visible el impacto de las restricciones logísticas sobre la actividad pesquera.