El superávit fiscal se ha convertido en un tema candente en el contexto del programa económico del gobierno de Javier Milei. Con una contabilidad que parece favorable, persisten inquietudes sobre la sostenibilidad de este equilibrio en un entorno económico cada vez más desafiante. A medida que se profundizan las recesiones y se implementan recortes drásticos, la capacidad del gobierno para mantener este superávit se encuentra en entredicho, lo que podría agravar la situación económica en lugar de estabilizarla.
Las proyecciones del gobierno apuntan a sostener el superávit a toda costa. Sin embargo, la consultora Epyca ha calificado este equilibrio como "real en términos contables pero artificial en lo económico", enfatizando que el enfoque en el equilibrio fiscal a corto plazo, desvinculado de la actividad productiva, resulta en un ajuste que puede perjudicar aún más el crecimiento económico. Este enfoque podría estar generando un círculo vicioso en el que la reducción de gastos, en lugar de mejorar la situación, podría estar contribuyendo a una caída aún mayor de la actividad económica.
La viabilidad de un superávit fiscal depende en gran medida de dos factores: el crecimiento económico que genere mayores ingresos o la contención del gasto por debajo de los ingresos. La primera opción es la más sostenible, ya que se basa en una base imponible en expansión, mientras que la segunda puede resultar problemática, dado que cada recorte podría reducir la actividad económica y, por ende, la recaudación. Este dilema plantea serias interrogantes sobre si el modelo actual puede mantenerse en el tiempo, o si simplemente está preparando el terreno para futuras crisis fiscales.
Los datos son preocupantes: en abril, la recaudación fiscal alcanzó los 17,4 billones de pesos, lo que representa un crecimiento nominal del 27 % en comparación con el mismo mes de 2025. Sin embargo, cuando se ajusta por la inflación interanual, que se estima en un 32,4 %, se observa una caída real del 4 %. Esta situación marca la novena baja consecutiva en la recaudación, impulsada por la desaceleración de la actividad económica y por decisiones del gobierno que han reducido los recursos disponibles.
En el primer trimestre del año, el gobierno reportó un superávit primario de 6,8 billones de pesos, aunque esta cifra ha sido cuestionada por su falta de legitimidad. Según Epyca, para mantener este superávit en un contexto de caída recaudatoria, el equipo económico ha recurrido a recursos extraordinarios, como la privatización de activos y fondos del ANSES, lo que a su vez ha llevado a una mayor presión sobre el pago de intereses de deuda, que ha aumentado un 76 % en términos reales. Esta estrategia plantea serias dudas sobre la sostenibilidad del superávit a largo plazo.
Además, el ministro de Economía, Luis Caputo, ha implementado medidas de austeridad que incluyen recortes en los gastos de todos los ministerios. Con un recorte del 2 % en los gastos corrientes y del 20 % en los gastos de capital, las implicaciones de estas decisiones son profundas. La aprobación de estas medidas ha sido respaldada por el Fondo Monetario Internacional, que exige a Argentina avanzar en recortes impositivos a grandes empresas y en la reducción del gasto público, lo que podría acentuar aún más la contracción económica.
Por último, la reforma laboral que está en marcha plantea un escenario inquietante, al anticipar una disminución de 2.600 millones de dólares en recaudación debido a menores aportes de grandes empresas. Este monto supera el costo de la ley de financiamiento universitario, que el gobierno se niega a sancionar, argumentando falta de financiamiento. La contracción del gasto público está generando un impacto negativo en la actividad económica, el empleo y, en última instancia, en el bienestar de la población argentina, dejando en evidencia la fragilidad del superávit fiscal en el contexto actual.



