Durante años, pagar una compra en la mayor cantidad de cuotas posibles pareció una decisión casi automática. La estrategia se volvió habitual entre quienes financiaban buena parte de sus gastos con tarjeta, seguían de cerca el pago mínimo del resumen y consideraban también el límite disponible como parte de sus ingresos.

Ese comportamiento tenía una lógica en un contexto de inflación mensual de dos dígitos. Al cancelar una deuda con dinero que, con el paso del tiempo, perdía poder adquisitivo, el deudor podía sentir que la obligación se achicaba en términos reales. La inflación funcionaba así como un mecanismo silencioso que licuaba el peso de las cuotas futuras.

Sin embargo, ese escenario empezó a modificarse a medida que la inflación bajó de manera sostenida. El efecto que antes compensaba parte del costo de financiarse dejó de tener la misma fuerza, pero el hábito de comprar en cuotas permaneció. La deuda no desaparece: continúa restando dinero del bolsillo todos los meses y, además, incorpora un costo que no siempre resulta evidente al mirar únicamente el valor de cada pago.

Por eso, la pregunta frente a una compra ya no debería responderse de manera automática. Antes de elegir la mayor cantidad de cuotas disponible, conviene considerar el costo total de la operación y recordar que la licuación que durante un tiempo favoreció a los deudores ya no ofrece el mismo respaldo. La decisión exige comparar cuánto se terminará pagando y evaluar si esa financiación realmente compensa el esfuerzo mensual que implica.