La morosidad entre las familias argentinas ha continuado su ascenso, alcanzando un alarmante 12% en abril en el ámbito bancario. Esta situación complica aún más la posibilidad de que las tasas de interés en las líneas de crédito al consumo disminuyan, lo que a su vez representa un obstáculo significativo para las intenciones del Gobierno de que el financiamiento privado se convierta en un motor de crecimiento económico. El aumento de la morosidad se refleja especialmente en los préstamos otorgados por entidades no financieras, donde la cifra se eleva a un preocupante 31,5%.
La consultora 1816 ha presentado un informe que, basado en datos de la Central de Deudores del Banco Central de la República Argentina (BCRA), revela que las deudas con un atraso superior a los 90 días han crecido en todas las categorías. En el sector bancario, la morosidad se incrementó del 11,5% al 12% para los hogares, mientras que para las empresas pasó del 3,1% al 3,3%. En total, al considerar todo el sector privado, la cifra subió del 7% al 7,3%, lo que indica una tendencia preocupante que podría repercutir en la estabilidad financiera del país.
Los números son particularmente alarmantes cuando se analiza el tipo de créditos que presentan mayores índices de morosidad. Las líneas de crédito más afectadas son las de tarjetas de crédito y préstamos personales, que continúan mostrando un deterioro acelerado. Aunque los créditos prendarios e hipotecarios presentan porcentajes más bajos, también han comenzado a mostrar incrementos en sus tasas de morosidad mes a mes. Este contexto se convierte en un círculo vicioso, donde las altas tasas de interés, que se sitúan por encima del 66% en términos reales, desincentivan el pago puntual de las deudas, lo que a su vez eleva la morosidad.
El informe de 1816 también señala que el 26,7% de los deudores en el sistema financiero se encuentran en una situación irregular. Este dato es determinante, ya que sugiere que, de aquí a las elecciones del próximo año, es poco probable que el crédito al consumo se convierta en un motor significativo de la actividad económica, similar a lo que ocurrió en el segundo semestre de 2024 y el inicio de 2025. Esto plantea un escenario crítico para el consumo y la inversión en el país, que dependen en gran medida del acceso a financiamiento.
Por otro lado, la situación en las instituciones no financieras, donde se incluyen muchas fintechs, es aún más preocupante. En abril, la morosidad en este segmento no solo superó el 30%, sino que alcanzó un 31,5%, afectando a más del 50% del financiamiento proveniente de entidades como Tarjeta Naranja y Mercado Libre. Este contexto sugiere que la crisis de morosidad no solo afecta a los bancos, sino que se extiende a un sector que ha crecido en popularidad en los últimos años, lo que podría tener repercusiones en la regulación de estas entidades.
A pesar de que desde el BCRA se afirmaba recientemente que los bancos comenzaban a observar mejoras en el cumplimiento de las deudas, estos datos no se corroboran en la realidad actual. Las autoridades financieras han descartado la posibilidad de utilizar fondos públicos para abordar situaciones específicas de morosidad, lo que implica que las familias afectadas deberán lidiar con esta problemática sin la intervención del Estado. En este sentido, la falta de medidas concretas para aliviar la carga de las deudas podría agravar la situación económica general, generando un clima de incertidumbre en la población.
La morosidad, por lo tanto, se presenta como un fenómeno complejo que no solo afecta a los deudores individuales, sino que tiene implicancias profundas en la macroeconomía del país. La tendencia creciente en los índices de morosidad plantea serias dudas sobre la capacidad de recuperación del consumo y del crédito en un contexto donde la inflación y la recesión son factores persistentes. En este marco, será fundamental seguir de cerca la evolución de estas cifras y las posibles respuestas que pueda ofrecer el Gobierno y las instituciones financieras.


