En las últimas décadas, Irán ha sido señalado como uno de los principales patrocinadores del terrorismo a nivel global, apoyando grupos militantes desde el Líbano hasta América del Sur. Este apoyo ha sufrido un debilitamiento considerable debido a las acciones militares y económicas de Israel y Estados Unidos, que han debilitado significativamente la estructura de poder del régimen iraní. A medida que su capacidad militar se ha visto mermada, Teherán ha optado por recurrir a tácticas más económicas en su intento de mantener influencia en la región, lo que ha llevado a un cambio en sus estrategias de terror y a una nueva forma de proyectar riesgo más que poder.
Con el debilitamiento de sus aliados en la región, como Hezbollah y Hamas, así como la presión ejercida sobre los hutíes en Yemen, Irán ha encontrado en el estrecho de Ormuz una vía para generar inestabilidad. A través de amenazas y acciones en esta importante ruta marítima, el régimen busca alterar el flujo de petróleo en el mercado global. La estrategia es clara: no es necesario que hundan buques para sembrar el miedo; con solo dejar entrever la posibilidad de un conflicto, logran que las naciones reconsideren sus rutas de suministro, lo que provoca fluctuaciones en los precios del petróleo y, por ende, en la economía global.
La inestabilidad en Ormuz se traduce en un cambio en el comportamiento de los compradores de energía. Las naciones que pueden permitírselo optan por diversificar sus fuentes de suministro y, en consecuencia, están dispuestas a pagar primas más altas por seguridad energética. Esto, a su vez, beneficia de manera inesperada a Estados Unidos, que se posiciona como el principal proveedor de petróleo y gas en un contexto de creciente incertidumbre. La necesidad de garantizar el flujo de petróleo a través de Ormuz ha llevado a que se le atribuya a EE.UU. el rol de garante de la seguridad en la región, pero en realidad, los intereses económicos del país están alineados con la continuación de esta inestabilidad.
La economía estadounidense, en este contexto, se muestra resiliente gracias a su producción de petróleo de esquisto, que, aunque más costosa, se vuelve extremadamente rentable cuando el petróleo convencional del Golfo se vuelve incierto. A medida que los precios del petróleo aumentan por la percepción de riesgo, las exportaciones estadounidenses de crudo y gas se ven beneficiadas, logrando ventas a precios más altos. Este fenómeno genera un ciclo donde la inseguridad en Ormuz refuerza la posición de EE.UU. como líder en el mercado energético global.
Cabe destacar que, antes del conflicto actual, la dependencia de Estados Unidos del estrecho de Ormuz era mínima; solo alrededor del 2% de su consumo de petróleo y cerca del 7% de sus importaciones de crudo transitaban por allí. La mayor parte de su suministro provenía de Canadá y de sus propias reservas. Así, el país se encuentra en una posición privilegiada, donde el aumento del costo del petróleo impacta más a los importadores que buscan alternativas, mientras que EE.UU. continúa aumentando su producción interna y exportaciones.
En este contexto, Argentina también se ve implicada en esta dinámica. Como país productor de energía con potencial en recursos no convencionales, podría beneficiarse de la inestabilidad en Ormuz, al igual que Estados Unidos. La presión sobre los precios del petróleo podría abrir oportunidades para que la nación sudamericana busque posicionarse en el mercado internacional, aprovechando la situación actual y explorando nuevas alianzas comerciales en el sector energético.
En definitiva, la paradoja que presenta la situación en Ormuz es clara: mientras que la amenaza iraní representa un desafío para la seguridad marítima, también genera oportunidades inesperadas para potencias como Estados Unidos y, potencialmente, para países como Argentina. La intersección de la geopolítica y la economía en esta región del mundo sigue siendo un tema crucial que merece un análisis profundo y continuo.



