Durante años, la adquisición de tierras agrícolas en Argentina fue vista como un privilegio reservado para grandes fortunas o familias con legado. Sin embargo, un análisis exhaustivo revela que, en las últimas cinco décadas, la rentabilidad anual en dólares de los campos argentinos, considerando tanto el alquiler como la valorización de la tierra, ha superado el rendimiento de los bonos del Tesoro de Estados Unidos, uno de los activos más seguros a nivel global. Esta situación se debe a la doble naturaleza del terreno agrícola, que no solo genera ingresos anuales a través de arrendamientos o explotación directa, sino que también puede aumentar su valor con el tiempo.

Este fenómeno cobra mayor relevancia al observar los precios actuales de la tierra en la zona agrícola más productiva del país, conocida como el Triángulo de Oro o “núcleo”, donde el valor promedio alcanza los USD 23.000 por hectárea. En localidades del norte bonaerense como Pergamino, Rojas o Salto, los precios superan los USD 20.000 por hectárea. Para los expertos del sector, estos valores son considerados bajos desde una perspectiva histórica, ya que, a pesar de la alta productividad del suelo argentino, los precios actuales no reflejan completamente el potencial de generación de ingresos ni la creciente demanda de activos tangibles en un contexto económico incierto.

A pesar de las oportunidades que presenta el campo argentino, el acceso a estas inversiones suele estar limitado por barreras significativas. Con precios que superan los USD 20.000 por hectárea en las áreas más codiciadas, incluso una inversión modesta puede requerir cifras elevadas. Por ejemplo, la adquisición de un establecimiento de 100 hectáreas en la zona núcleo puede fácilmente superar los USD 2.000.000. Además, la baja liquidez de la tierra, que contrasta con la rapidez de compra y venta de bonos o acciones, puede complicar el proceso, ya que la transacción puede demorar varios meses y requiere una gestión constante para arrendar o producir. Sin embargo, la llegada de nuevas estructuras financieras ha comenzado a transformar esta realidad, permitiendo a los inversores acceder a la tierra de maneras más flexibles, como a través de fideicomisos agropecuarios que permiten fraccionar la inversión y participar en el sector sin necesidad de adquirir una hectárea completa.