El comienzo de 2026 ha marcado un cambio en el ambiente de los mercados, alejándose del optimismo que predominó a finales del año anterior. Ante un contexto de tensiones geopolíticas, fluctuaciones en los precios de las materias primas y un panorama monetario global incierto, los inversores se ven obligados a ajustar sus expectativas y centrarse en la gestión del riesgo.

Recientemente, el conflicto en Medio Oriente ha sido un factor determinante en esta situación. La tensión entre Estados Unidos, Israel e Irán ha reavivado preocupaciones significativas para los mercados, especialmente por el potencial de interrupciones en el Estrecho de Ormuz, una ruta clave que representa cerca del 20% del comercio mundial de petróleo. Este conflicto ha llevado a un aumento en los precios del crudo y a una mayor volatilidad en los mercados financieros internacionales.

Ante este tipo de escenarios, se observa una tendencia común: una migración hacia activos refugio, un fortalecimiento del dólar y un mejor rendimiento de segmentos relacionados con energía y defensa. Por el contrario, las acciones de crecimiento, en especial las tecnológicas, suelen verse más afectadas en contextos de aversión al riesgo y tasas de interés reales elevadas. A nivel local, la economía muestra señales encontradas, con un Banco Central que sigue acumulando reservas y un sector externo que mantiene un superávit comercial notable, pero con una inflación que persiste en niveles altos y una actividad económica que arranca el año con cautela.