En tiempos recientes, el concepto de Ingreso Universal Básico (IUB) ha dejado de ser una noción marginal para transformarse en un punto de discusión crucial en diversas esferas. Este fenómeno ha surgido a partir de la intersección de dos mundos que, en general, mantienen escasa comunicación: la vanguardia tecnológica, representada por la inteligencia artificial, y el ámbito religioso, en particular la postura del papado. Este cruce de caminos se vuelve especialmente relevante en un contexto donde la automatización amenaza con desplazar a millones de trabajadores, planteando serias preguntas sobre el futuro del empleo y la dignidad humana.
Por un lado, figuras prominentes en el campo de la inteligencia artificial, como Sam Altman, Elon Musk y Geoffrey Hinton, han expresado su preocupación por el impacto negativo que la automatización puede tener en el mercado laboral. Estos líderes tecnológicos advierten que, a medida que los algoritmos y los robots asumen tareas tradicionalmente humanas, una cantidad significativa de la población podría verse despojada de sus puestos de trabajo. En este escenario, el Ingreso Universal Básico se presenta como una solución pragmática que garantizaría a las personas un sustento mínimo, permitiéndoles vivir con dignidad incluso en un contexto laboral en declive.
La propuesta de un ingreso básico se articula en torno a la idea de que, si la inteligencia artificial incrementa la productividad de forma significativa, entonces debería existir una redistribución de esa riqueza generada. Así, el IUB se erige como un puente entre un futuro en el que la automatización es predominante y una sociedad que busca prevenir la exclusión social. La lógica detrás de esta propuesta es que, en lugar de ser un mero asistencialismo, el ingreso básico tiene el potencial de reconocer y valorar trabajos invisibles y esenciales, como el cuidado de los hogares.
Desde la perspectiva de la Iglesia Católica, el papa Francisco ha abordado este tema desde la doctrina social, argumentando que el salario básico universal no solo es un derecho, sino que también representa un imperativo ético frente a la creciente desigualdad. La discusión sobre el ingreso universal alcanza su máxima expresión doctrinal con la encíclica Magnifica Humanitas, publicada por el papa León XIV en mayo de 2026. Este documento no solo eleva el debate a un plano moral, sino que también establece el contexto en el que la Iglesia considera que la inteligencia artificial debe ser regulada para proteger la dignidad humana y los valores democráticos.
León XIV advirtió que la inteligencia artificial no es moralmente neutra y abogó por un “desarme tecnológico” que sea supervisado por instituciones independientes. En este sentido, comparó los riesgos de la automatización y los algoritmos corporativos con las amenazas que representa el armamento nuclear. La preocupación no se limita a la pérdida de empleos; también incluye la integridad del pensamiento humano y la salud de las democracias, temas que están cada vez más entrelazados con el avance de la tecnología.
La propuesta del Ingreso Universal Básico, por lo tanto, trasciende la mera respuesta al desempleo, posicionándose como un mecanismo vital para la protección de la dignidad humana frente a los desafíos contemporáneos. En este sentido, tanto la narrativa tecnológica como la religiosa convergen en la misma solución: el IUB aparece como un instrumento necesario para asegurar que ninguna persona quede excluida de los recursos esenciales. Esta convergencia plantea un problema de fondo que merecerá una atención continua: cómo la automatización y la pobreza estructural interactúan en un futuro incierto, y qué medidas se pueden implementar para garantizar un desarrollo equitativo y sostenible.



