La reciente escalada de tensiones en el Golfo Pérsico ha desatado un efecto dominó que trasciende las fronteras de la región, afectando gravemente a las economías de Asia. Vivian Balakrishnan, el ministro de Asuntos Exteriores de Singapur, ha calificado esta situación como "una crisis asiática", subrayando que el 80% del petróleo y el 90% del gas que atraviesan el estratégico Estrecho de Ormuz están destinados a los mercados asiáticos. Esto plantea serios desafíos, especialmente para los países más vulnerables que dependen en gran medida de estas importaciones energéticas.
Las naciones con economías más débiles, como Filipinas, enfrentan una crisis energética profunda, dado que más del 90% de su energía proviene de Medio Oriente. Bangladesh, India y Pakistán se encuentran en una situación similar, ya que obtienen casi dos tercios de su suministro total de gas natural licuado a través del estrecho. Sin embargo, incluso las economías asiáticas más robustas, como Japón, no están exentas de las repercusiones. A pesar de contar con una reserva estratégica de petróleo que podría satisfacer su demanda interna durante 254 días, el país se ha visto obligado a reducir el servicio de autobuses y ferris debido a la escasez de combustible, lo que demuestra la magnitud del problema.
La crisis energética ha tenido un impacto directo en la vida cotidiana de los ciudadanos. La escasez de combustible ha llevado al cierre temporal de varios baños públicos en Japón, y empresas icónicas como Yamayoshi Seika han tenido que detener la producción de sus populares aperitivos por falta de aceite. Estas situaciones reflejan cómo un conflicto tan distante puede repercutir en aspectos tan cotidianos y esenciales de la vida en Asia.
El cierre del Estrecho de Ormuz no solo incrementa el costo del combustible, sino que también representa un riesgo claro de estanflación para las economías asiáticas. Este fenómeno, que combina el estancamiento económico con la inflación, ya está afectando a los automovilistas en el sudeste asiático. Desde el comienzo de la guerra, los precios de la gasolina han aumentado un 14% a nivel global, pero en el sudeste asiático, este incremento alcanza un alarmante 42%. En Filipinas y Myanmar, el aumento supera el 70%, lo que sitúa a estos países entre los más afectados del mundo.
En otras naciones como India y Bangladesh, aunque los precios de la gasolina aún no se han ajustado, esto se debe a las decisiones gubernamentales de controlar los precios. India, por ejemplo, ha implementado una reducción significativa de impuestos sobre la gasolina y el diésel para mitigar el impacto de los aumentos de precios. Medidas similares han sido adoptadas por Australia y Vietnam, mientras que Corea del Sur ha optado por establecer un tope al precio del combustible para proteger a los consumidores y limitar las pérdidas.
El segundo gran desafío que enfrentan los gobiernos asiáticos es el impacto en sus balances fiscales. Muchos de estos países ya están destinando importantes recursos a subsidios energéticos y políticas de control de precios, pero el margen fiscal para continuar con estas intervenciones es variable y limitado. En Indonesia, por ejemplo, el aumento de los subsidios podría llevar al país a superar su techo de déficit fiscal del 3% del PIB, lo que podría erosionar aún más la confianza de los inversores en una región ya marcada por la incertidumbre económica. La interconexión de las economías asiáticas expone la fragilidad de sus estructuras ante crisis externas, lo que requiere una respuesta coordinada y efectiva a nivel regional.



