A principios de septiembre, el banco central de Holanda completó el traslado de 85 toneladas de oro a las bóvedas del Banco de Inglaterra. De ese total, 78 toneladas provenían de Nueva York. Su presidente, Olaf Sleijpen, explicó que la decisión respondía a un escenario geopolítico cada vez más volátil y a la necesidad de poder movilizar las reservas con rapidez ante una eventual crisis.
El movimiento se produjo después de una decisión similar del Banco de Francia. Meses antes, la entidad había retirado 129 toneladas de oro depositadas en Nueva York y las había reemplazado por lingotes almacenados en su propia bóveda de París. La decisión de ambos bancos centrales europeos plantea interrogantes sobre los riesgos que buscan reducir y sobre el nivel de confianza en la custodia de las reservas internacionales.
La preocupación también está vinculada con la situación fiscal estadounidense. La deuda federal de Estados Unidos ronda los 40 billones de dólares y los intereses alcanzaron los 931.000 millones durante los primeros diez meses del año fiscal, un 11% más que en el mismo período anterior. Ese monto ya representa la tercera partida del presupuesto, detrás de la seguridad social y de los gastos del sistema de salud. Ante una carga de esa magnitud, los analistas financieros contemplan tres alternativas: ajustar el gasto, lograr un crecimiento superior a la tasa de interés o licuar la deuda mediante inflación y una depreciación gradual de la moneda. Esta última estrategia se conoce como represión financiera: mantener las tasas de interés por debajo de la inflación para reducir de manera progresiva el valor real de las obligaciones.



