En un contexto económico global donde los inversores enfrentan rendimientos cada vez más escasos en activos de riesgo moderado, el carry trade en el mercado argentino se ha posicionado como una de las estrategias más lucrativas. Durante el primer trimestre de 2026, aquellos que decidieron apostar por el peso argentino lograron obtener ganancias que superan el 20% en dólares. Esta situación se ha visto favorecida por la caída nominal del dólar y el atractivo de los bonos CER de corto plazo, convirtiendo a la operación en un fenómeno digno de análisis en el ámbito financiero internacional.
El atractivo del carry trade se hace evidente cuando se examinan los números. Un inversor que el 2 de enero vendió 1.000 dólares al tipo de cambio vigente para adquirir el bono TZX26, que ajusta por CER y vence en junio de 2026, lo compró a un precio de 323,40 pesos. Actualmente, con el bono cotizando a 367,15 pesos, esa misma venta permitiría recomprar 1.217 dólares, lo que se traduce en un rendimiento en dólares de 21,7% en menos de tres meses. En un análisis comparativo, resulta difícil encontrar en otras economías emergentes o desarrolladas un instrumento que ofrezca un retorno tan elevado con un riesgo crediticio tan bajo, lo que pone de manifiesto la singularidad de la situación del mercado argentino.
Este fenómeno no es fruto de la casualidad, sino que se debe a la convergencia de dos factores clave. Por un lado, el ajuste por CER ha servido como una protección efectiva del capital frente a la inflación residual, asegurando que la inversión mantenga su valor. Por otro lado, la caída del dólar nominal ha incrementado el poder adquisitivo en moneda dura, lo que ha resultado en un retorno real en dólares que supera, con creces, el costo de oportunidad global. Esta dualidad es poco común y ha potenciado el atractivo del carry trade en el país.
No obstante, el carry trade no se limita a los inversores minoristas. Fondos de inversión tanto locales como internacionales han comenzado a rotar sus posiciones desde dólares billete o activos en moneda dura hacia pesos indexados. Esta tendencia ha generado un círculo virtuoso temporal: una mayor demanda de pesos que, a su vez, disminuye la presión sobre el tipo de cambio y hace que las tasas locales sean más atractivas. En este sentido, el carry trade ha demostrado ser un mecanismo de estabilización financiera que, al menos momentáneamente, ha contrarrestado la contracción de la demanda agregada en el país.
Sin embargo, el éxito del carry trade está enmarcado en un cambio estratégico por parte del Banco Central. Hace poco tiempo, la política monetaria se caracterizaba por una postura estrictamente contractiva, con un enfoque en la absorción de liquidez y tasas reales positivas para anclar expectativas de inflación. En contraste, la actual tolerancia hacia un piso de tasas de interés de corto plazo en torno al 20% anual indica un cambio en la estrategia, permitiendo que la liquidez excedente permanezca en el sistema. Este cambio podría ser interpretado como una respuesta ante la necesidad de sostener la actividad económica, que ya muestra señales de deterioro en diversos indicadores de consumo.
Ante la posibilidad de un aumento en las expectativas de inflación, estas tasas de interés implican que las tasas reales para plazos fijos y letras cortas se vuelven negativas o muy cercanas a cero. En situaciones de tensión económica anteriores, la respuesta tradicional del Banco Central habría sido retirar pesos del mercado y elevar las tasas. Sin embargo, en esta ocasión, la decisión ha sido no ejecutar esa estrategia, apuntando a un objetivo más amplio: mitigar la caída de la actividad económica y propiciar un entorno más estable para los consumidores y las empresas. Este enfoque, aunque arriesgado, sugiere un reconocimiento de la complejidad de la situación económica actual y la búsqueda de un equilibrio entre la estabilidad monetaria y el crecimiento económico.



