En el dinámico mundo de la tecnología, la inteligencia artificial (IA) ha comenzado a redefinir las normas laborales, especialmente en el sector de la programación. Recientemente, un ingeniero de OpenAI logró procesar una asombrosa cantidad de 210.000 millones de "tokens" en apenas una semana, un volumen de texto que podría llenar Wikipedia 33 veces. Esta cifra no solo refleja la capacidad de los modelos de IA de la empresa, sino también un cambio de paradigma en la forma en que se mide la productividad en el ámbito laboral.
Por otro lado, en Anthropic, un único usuario del sistema de codificación de IA, conocido como Claude Code, acumuló una factura superior a los 150.000 dólares en un mes. Este fenómeno plantea interrogantes sobre la sostenibilidad y la ética del uso intensivo de la IA, así como su impacto en la estructura de costos de las empresas tecnológicas. Además, compañías como Meta y Shopify han comenzado a incorporar el uso de la IA en sus evaluaciones de rendimiento, premiando a aquellos empleados que logran maximizar su utilización y, al mismo tiempo, sancionando a los que no se adaptan a esta nueva realidad.
Los programadores, en particular, están experimentando un cambio significativo. Se esperaría que la IA sirviera para aumentar la productividad y reducir costos, sin embargo, ha surgido un nuevo fenómeno conocido como "tokenmaxxing". Este término describe una especie de competencia entre los trabajadores que buscan demostrar su productividad a través del uso intensivo de herramientas de IA. En algunos entornos laborales, se han implementado tablas de clasificación internas que muestran cuántos tokens utiliza cada empleado, convirtiendo este aspecto en un nuevo indicador de estatus dentro de la organización.
El acceso a generosos "presupuestos de tokens" se ha transformado en un atractivo adicional para los programadores, comparable a otros beneficios laborales como el seguro de salud o las comidas gratuitas. Algunos trabajadores han llegado a invertir miles de dólares mensualmente en la automatización de sus tareas, lo que plantea preocupaciones sobre el balance entre el costo y el beneficio de este enfoque. Un ingeniero de software de Estocolmo, Max Linder, comentó que a veces gasta más en tokens que lo que percibe como salario, aunque su empresa se hace cargo de esos gastos.
Hasta no hace mucho, los usuarios más avanzados podían consumir miles de tokens a diario utilizando herramientas de IA como ChatGPT o Claude. Por ejemplo, un estudiante que redacta un ensayo podría emplear cerca de 10.000 tokens, equivalentes a unas 7.500 palabras, lo que incluye múltiples rondas de revisión. Sin embargo, la utilización de millones de tokens requería horas de trabajo frente a la computadora, lo que hacía que la idea de consumir miles de millones de tokens pareciera una tarea casi imposible.
La llegada de nuevas herramientas de codificación agéntica ha cambiado esta dinámica. Estos sistemas son capaces de operar de manera autónoma por largas horas, revisando y editando extensas bases de código, así como generando programas completos a partir de un solo comando. Cada agente puede crear subagentes que se ocupen de diferentes partes de una tarea, generando miles de tokens en cada ciclo de trabajo. Algunas plataformas, como el asistente de código abierto OpenClaw, están diseñadas para funcionar ininterrumpidamente, acumulando tokens incluso mientras sus usuarios descansan.
Este contexto de competencia por el uso de la IA plantea grandes interrogantes sobre el futuro del trabajo en el sector tecnológico. A medida que la dependencia de la IA se intensifica, es crucial que tanto empresas como trabajadores evalúen las implicaciones de este nuevo enfoque y se preparen para un futuro donde la inteligencia artificial no solo será una herramienta, sino un componente central en la estrategia laboral y productiva.



