En el ámbito económico argentino, se ha comenzado a propagar la idea de que la macroeconomía se encuentra en un estado de orden, mientras que el enfoque debería centrarse en la microeconomía. Sin embargo, esta interpretación puede resultar engañosa y plantea la necesidad de una reflexión más profunda sobre la relación entre ambas áreas de estudio. La economía, tal como lo señalaba el economista Ludwig von Mises, debe ser considerada como una única ciencia que se enfoca en la acción humana, lo que significa que no se pueden separar de manera efectiva los fenómenos macroeconómicos de los microeconómicos.
La afirmación de que la macroeconomía está en orden se basa en indicadores como la estabilidad del mercado cambiario, la existencia de un superávit fiscal y una inflación más baja en comparación con los niveles heredados de administraciones anteriores. Sin embargo, es fundamental ir más allá de las cifras y examinar la verdadera salud de la economía. Por ejemplo, el superávit fiscal podría parecer un triunfo, pero es necesario cuestionar cómo se ha obtenido y si es realmente sostenible a largo plazo.
Un aspecto a considerar es que el superávit financiero actual se sostiene en parte por la postergación de pagos de intereses. En marzo, se capitalizaron intereses de distintos instrumentos financieros por un total de 3,4 billones de pesos. Este alivio fiscal, que en apariencia mejora la situación, es en esencia un gasto diferido que deberá ser saldado en el futuro. Esta dinámica crea una ilusión de estabilidad que podría desmoronarse si se analiza con mayor detenimiento.
Adicionalmente, la deuda del Tesoro con el Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (PAMI) y la que mantiene con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires añade otra capa de complejidad a la situación. Recientemente, se ha denunciado la acumulación de atrasos en estos pagos, lo que ha llevado a ambas partes a llegar a un nuevo acuerdo para regularizar la deuda acumulada en el último año. Este tipo de situaciones no solo afectan las finanzas públicas, sino que también comprometen la capacidad del Estado para cumplir con sus obligaciones.
Otro elemento a tener en cuenta es el deterioro de la infraestructura, en particular el mantenimiento de las rutas nacionales. Las reducciones en el gasto en este tipo de obras no eliminan el gasto, sino que lo trasladan al futuro, cuando la necesidad de reconstrucción se volverá inevitable y probablemente más costosa. Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, en el primer trimestre de este año, la inversión pública cayó en un 26,7% en comparación con el mismo período del año anterior, lo que pone de manifiesto un desinterés por parte del gobierno en mantener y mejorar la infraestructura esencial del país.
Si se suman los intereses acumulados y no pagados, la imagen del superávit financiero se desdibuja aún más. La creciente deuda flotante del Tesoro, junto con la caída real de los ingresos fiscales, sugiere que el equilibrio fiscal que se presenta como un logro es, en realidad, poco sostenible a largo plazo. Un estudio reciente de IERAL revela que en marzo, más de un tercio del superávit fiscal se generó a partir del aumento de la deuda flotante y de ingresos extraordinarios, como la venta de activos, que no deberían considerarse como ingresos recurrentes.
Por último, aunque la disminución de la inflación se ha presentado como un indicativo de una normalización económica, es importante recordar que una tasa anual del 32% aún es elevada. Esto implica que, si bien hay avances, el camino hacia una estabilidad económica genuina es aún largo y complicado. Por lo tanto, es crucial que los analistas y la sociedad en su conjunto mantengan un enfoque crítico y realista sobre la situación económica del país, evitando caer en la trampa de las apariencias.



