En Argentina, la disparidad en el consumo se vuelve cada vez más palpable, reflejando un marcado contraste entre los distintos sectores de la sociedad. Mientras un segmento considerable de la población lucha por ajustar sus gastos y busca promociones para sobrellevar el mes, la clase alta se enfoca en consumos asociados a experiencias exclusivas, viajes al exterior y servicios de lujo. Esta brecha en los hábitos de consumo no solo pone de manifiesto las desigualdades económicas existentes, sino que también evidencia un cambio en la percepción social acerca de la riqueza en el país.

Un estudio reciente de la consultora Moiguer revela que el 6% de la población argentina, aproximadamente 2.8 millones de personas que habitan en 800 mil hogares, concentra un asombroso 34% de la riqueza nacional. Este segmento de altos ingresos disfruta de un ingreso familiar promedio mensual que asciende a USD 7.900. En el caso del grupo más privilegiado, el denominado “segmento top”, que representa solo el 1% de la población, esta cifra se eleva hasta los USD 16.000, lo que subraya la magnitud de la desigualdad en el país.

Por otro lado, el informe destaca que el 44% de la población se clasifica en la franja media, mientras que el 50% restante se encuentra en la clase baja. El ingreso promedio en Argentina se sitúa en aproximadamente USD 770 mensuales, un dato que ilustra la profunda brecha económica que separa a los distintos estratos sociales y que influye en sus patrones de consumo. Este fenómeno genera que, dentro de un mismo contexto económico, existan consumidores que deben priorizar sus gastos y otros que disfrutan de un estilo de vida ostentoso.

Fernando Moiguer, CEO de la consultora que llevó a cabo el estudio titulado “Clase Alta Argentina: Los 7 insights capitales”, señala que la relación social con la riqueza ha evolucionado en los últimos años. Un 59% de los encuestados opina que en Argentina no se condena a quienes poseen dinero, cifra que se eleva al 66% entre los sectores más desfavorecidos. Este cambio de percepción permite que la clase alta vuelva a visibilizar su patrimonio y a exhibir su estilo de vida sin el estigma que podría haber existido anteriormente.

El informe también clasifica a la clase alta en tres perfiles distintos, cada uno con sus particularidades de consumo. Un aspecto notable es la posesión de propiedades; el 50% de los hogares de altos ingresos cuenta con una segunda vivienda para vacaciones o escapadas, en contraste con el escaso 5% de los sectores medios y bajos que pueden permitirse este lujo. En cuanto a la posesión de automóviles, un 88% de las familias de la clase alta tiene vehículo propio, y el 44% tiene autos recientes, mientras que en las clases medias y bajas solo el 56% posee un auto, y apenas el 16% tiene modelos relativamente nuevos.

Además, el estudio pone en evidencia diferencias significativas en los gastos vinculados al tiempo libre. Un 29% de la clase alta posee embarcaciones, como lanchas o yates, en comparación con solo el 3% de los sectores con menos recursos. Este tipo de consumos refleja no solo la capacidad económica de cada grupo social, sino también las distintas prioridades y estilos de vida que adoptan en función de su situación financiera.

Finalmente, el informe revela que el bienestar físico y emocional se ha convertido en un estatus en sí mismo para la clase alta argentina. La preocupación por la salud y el cuidado personal no solo se ve como una necesidad, sino como un símbolo de estatus que diferencia aún más a los sectores más privilegiados del resto de la población. Este fenómeno plantea interrogantes sobre el futuro de las políticas sociales y económicas en Argentina, donde cada vez se hace más evidente la necesidad de abordar las desigualdades de manera integral para construir una sociedad más equitativa.