En el análisis económico actual, la discusión se ha desplazado del simple hecho de si la inflación está en descenso hacia interrogantes más complejas: ¿a qué ritmo se está reduciendo y qué consecuencias traerá este proceso? La reciente disminución en las tasas de interés ha sido notable, llevando al mercado a enfrentar una situación de tasas reales negativas en pesos en el corto plazo. Este fenómeno no parece ser un mero accidente, sino un indicativo de que el Gobierno está dispuesto a aceptar un marco más flexible con el fin de evitar un enfriamiento excesivo de la actividad económica y del crédito.

Este cambio de enfoque se apoya en la evolución del mercado cambiario y en las políticas monetarias implementadas. Entre el último día de diciembre de 2025 y el 31 de marzo de 2026, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) adquirió USD 4.382 millones en el mercado de cambios. A medida que avanzaba abril, el total acumulado de compras alcanzaba ya los USD 5.423 millones, lo que incluye USD 1.039 millones en tan solo seis ruedas, con un aceleramiento notable en las transacciones recientes.

Además, se ha decidido reducir los encajes bancarios en 5 puntos porcentuales desde abril, lo que indica un cambio en la estrategia del Gobierno: ya no se busca secar la circulación de pesos de manera indiscriminada, sino que se pretende inyectar algo de liquidez en el sistema. Aunque el Tesoro también juega un papel en la gestión de la liquidez a través de licitaciones quincenales, la postura contractiva que se ha mantenido hasta ahora no ha podido contrarrestar la expansión provocada por las compras del BCRA.

El tipo de cambio, por su parte, ha mostrado una estabilidad notable desde el inicio del año, resistiendo las turbulencias que afectaron a otras monedas emergentes en marzo, en medio de la guerra y de un fortalecimiento global del dólar. Esta estabilidad parece dar una base más sólida al equipo económico, que ahora podría estar más cómodo con esta nueva forma de equilibrio entre el tipo de cambio y las tasas de interés.

Sin embargo, este nuevo enfoque conlleva también desafíos: un proceso de desinflación más prolongado. Tanto desde una perspectiva política como desde datos económicos concretos, se ha evidenciado que la inflación se ha convertido en un objetivo de menor prioridad, mientras que el impulso de la actividad económica se ha vuelto más relevante. Esto se refleja en el Relevamiento de Expectativas de Mercado, publicado por el BCRA, que muestra un aumento en las expectativas inflacionarias durante siete meses consecutivos.

Aunque la tendencia hacia la desinflación no está completamente desanclada —ya que el mercado todavía proyecta una caída—, las revisiones al alza de las proyecciones inflacionarias para los próximos meses son significativas. Por ejemplo, se espera una inflación del 3% para marzo, un ajuste de 0,5 puntos porcentuales más que la estimación anterior. Para el resto del año, las correcciones fueron de 0,3 puntos, lo que sugiere que la curva CER continuará operando en un entorno de tasas reales negativas.

Este escenario plantea un costo que se debe asumir para que la actividad económica pueda recuperarse. Los primeros meses del año han sido relativamente adversos para la actividad, lo que sugiere que el equilibrio que busca el Gobierno entre controlar la inflación y fomentar el crecimiento económico será fundamental en los próximos meses. La capacidad de sostener este equilibrio determinará no solo la evolución de la inflación, sino también la salud general de la economía nacional en un contexto global incierto.