El año 2025 se ha caracterizado por un notable crecimiento económico en Argentina, con un aumento del 3,5% del Producto Bruto Interno (PBI) en comparación con el año anterior. Sin embargo, este crecimiento ha traído consigo una realidad preocupante: la generación de empleo no ha acompañado esta expansión. La situación plantea un dilema complejo para el Gobierno, que debe afrontar un nuevo panorama laboral donde las actividades que impulsan el crecimiento económico no son generadoras de empleo.

El crecimiento del PBI en 2025 ha sido excepcional, ya que se trata del primer año en más de dos décadas en que se logra superar el 3% sin que los sectores tradicionales como la industria, la construcción, el comercio y los servicios hayan aportado a esta mejora. En cambio, el impulso económico ha venido casi exclusivamente de sectores como el agro, la minería, la energía y el sistema financiero. Este fenómeno marca un cambio significativo en el patrón de crecimiento del país, lo que lleva a cuestionar la sostenibilidad de este modelo a largo plazo.

Uno de los aspectos más destacados de este nuevo escenario es el bajo aporte de los sectores dinámicos al empleo formal. A pesar de que el agro, la minería y la energía son altamente productivos y generan divisas, su contribución al empleo es mínima, representando apenas un 6,5% del total del empleo formal privado. Este desajuste plantea un desafío crucial, dado que mientras estos sectores experimentan un auge, la pérdida de empleos en la industria ha sido alarmante, con cerca de la mitad del empleo creado en minería y energía superando las pérdidas en el ámbito industrial.

Este cambio en el modelo de crecimiento también revela una transformación estructural en la economía argentina. El nuevo motor de dinamismo se centra en la inversión de capital y la tecnología, dejando de lado la necesidad de mano de obra. Durante años, existía una relación clara entre crecimiento y generación de empleo, especialmente en ciclos donde la construcción y la industria eran los pilares. Sin embargo, los datos actuales indican que esta correlación se ha debilitado, lo que plantea interrogantes sobre el futuro del empleo en el país.

El contraste es evidente: mientras que sectores como la energía, la minería y el agro han visto un aumento en su actividad, han experimentado una reducción en la creación de empleos. Por otro lado, la industria y los servicios han sufrido contracciones tanto en sus niveles de actividad como en sus plantillas laborales. La construcción, un sector históricamente significativo en la creación de empleo, ha quedado estancada, sin poder contribuir al crecimiento económico.

Además de estos factores locales, la situación en Argentina se inscribe dentro de una tendencia global hacia la automatización y digitalización, impulsada por el uso creciente de la inteligencia artificial. La minería moderna y el agro avanzado, aunque son ejemplos de alta productividad, tienen una baja absorción de mano de obra. Este modelo económico no es exclusivo de Argentina, sino que se alinea con lo que ocurre en otras economías que dependen de la exportación de recursos naturales.

Si bien este esquema es esencial para asegurar la estabilidad macroeconómica en un contexto donde Argentina ha enfrentado dificultades de financiamiento internacional, no es suficiente para garantizar la creación de empleo. Las condiciones actuales del mercado y las expectativas de inversión sugieren que este patrón no cambiará en el corto plazo. Sin embargo, también representa una oportunidad: países como Australia, Canadá y Chile, con economías basadas en recursos naturales, logran exportar bienes primarios por valores significativamente más altos. Argentina, con un promedio de 1.500 dólares per cápita, tiene el desafío de aumentar esta capacidad productiva mientras se generan nuevos puestos de trabajo.