La selección argentina quedó a un paso de lo más alto y cayó ante un rival que fue superior. La derrota resultó justa: el equipo tuvo corazón para defender, pero careció de fútbol para atacar y no logró imponer su juego en un partido muy distinto del esperado. La frustración se explica por la cercanía de una gloria que parecía al alcance de la mano, aunque el recorrido del grupo haya sido valioso.

Incluso Lionel Messi y sus compañeros parecieron desorientados por momentos. El cansancio y las lesiones pudieron influir, al igual que la dinámica desplegada por el adversario, que sostuvo un ritmo admirable. No hubo señales de una falta de entrega ni razones para pensar en una conspiración: simplemente, Argentina jugó mal, no consiguió encontrarse y quedó lejos de la producción que había mostrado durante la última media hora frente a Inglaterra, en una semifinal que terminó celebrándose como una final.

Ese anticipo del festejo pudo haber incidido en el ánimo del equipo. Después de alcanzar un punto tan alto, no resulta sencillo conservar la tensión y volver a buscar más. A la tensión le sigue la distensión, como una reacción física. Tras el partido, los jugadores buscaron a la hinchada para atravesar juntos el primer duelo por la derrota.

La caída no impidió que los simpatizantes argentinos celebraran sus colores. En medio de la desazón por haber perdido la Copa, la adhesión al equipo y el orgullo por su recorrido transformaron la escena en una expresión singular: una derrota asumida, de algún modo, como un triunfo.