En el corazón de Villa del Parque, al lado de las vías del tren y con el murmullo constante de la estación como telón de fondo, se encuentra un taller de arte que ha dejado una huella imborrable en la comunidad. Este espacio creativo nació en el verano de 1979, gracias a la iniciativa de Cristina ‘Tina’ Tintpilver, quien, al no haber encontrado talleres de arte en su infancia, decidió crear uno en el Club Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque (GEVP). Desde entonces, la propuesta ha impactado a varias generaciones de niños y jóvenes, quienes han encontrado en el arte un refugio y una forma de expresión.
El taller, conocido como La Tortuga Pintora, fue nombrado por los propios participantes, quienes votaron por un simpático dibujo de una tortuga pintando frente a un caballete. Desde sus inicios, el espacio ha sido dinámico y adaptable; no contaba con un lugar fijo y sus actividades se realizaban en cualquier rincón del club. A pesar de las limitaciones, el entusiasmo era palpable, y los primeros años vieron una afluencia de más de treinta chicos por clase, un testimonio de la necesidad de este tipo de iniciativas en la comunidad. Las listas de asistencia, cuidadosamente archivadas por Cristina, son un reflejo del compromiso y la pasión que han caracterizado al taller a lo largo de las décadas.
El enfoque de Cristina fue innovador para la época, priorizando la experimentación artística y el uso de materiales que, en muchas escuelas, eran escasos o inexistentes. “Yo hice una planificación diferente a la que estaba en práctica en la escuela”, explica. La idea era ofrecer un espacio donde los niños pudieran trabajar en grupo y desarrollar su creatividad sin las limitaciones que a menudo enfrentan en las aulas tradicionales. Con actividades como modelado en arcilla y la creación de grandes murales, los participantes no solo aprendían técnicas artísticas, sino que también construían un sentido de comunidad y pertenencia.
Con el paso de los años, el taller logró establecerse en un espacio fijo dentro del club, lo que permitió un crecimiento significativo en la variedad de actividades y proyectos. Los murales, que han sido una parte fundamental de la propuesta, han ido transformando las paredes del club en una galería de arte colectivo. Sin embargo, no todos los murales han perdurado; algunos han desaparecido a medida que el club se ha ido remodelando. “A lo largo de los 46 años que tiene el taller, pintamos murales en distintas oportunidades. Algunos ya no están, pero cada uno de ellos cuenta una historia”, señala Cristina, quien ha visto cómo el taller ha evolucionado junto a la comunidad.
Melina Saredo, la hija menor de Cristina, ha sido parte integral de esta historia. Desde pequeña, gateaba entre pinceles y papeles en el taller, y con el tiempo, decidió seguir los pasos de su madre, formándose en artes plásticas y escultura. En los últimos años, Melina ha asumido un rol clave en el taller, colaborando con su madre para mantener vivo el legado familiar y comunitario que ha perdurado por generaciones. “El club es el lugar de mi infancia”, comenta con una sonrisa, reflejando la profunda conexión que siente con el espacio.
Los murales que han surgido del taller no solo son obras de arte, sino que también simbolizan el vínculo con las familias de la comunidad. “Durante el año, realizamos encuentros donde todos participan, no solo los niños. En esas ocasiones, creamos obras colaborativas que quedan expuestas dentro del club. Cada baldosa del mural tiene una historia, y muchos chicos me dicen: ‘Sigue estando mi baldosa’”, comparte Melina, en un claro reflejo de cómo el arte ha unido a la comunidad.
A medida que el taller de La Tortuga Pintora avanza hacia su quinto decenio, la historia de Cristina y Melina sigue siendo un testimonio del poder transformador del arte en la vida de los jóvenes. Este espacio, que comenzó como un pequeño taller, se ha convertido en un símbolo de creatividad, inclusión y pertenencia en Villa del Parque, un legado que continúa inspirando a nuevas generaciones a expresar su voz a través del arte.



