A finales de 1979, en un contexto de cambios sociales y culturales en Argentina, un joven periodista recibe una carta que cambiará su vida. La misiva proviene de una de las publicaciones más emblemáticas del país: la revista El Gráfico. Con el corazón latiendo a mil por hora, el protagonista recuerda cómo había enviado una carta a la editorial, expresando su ferviente deseo de formar parte de esa institución que había marcado su infancia. Desde pequeño, había aprendido a leer a través de las páginas llenas de crónicas, historias y fotografías que relataban las hazañas del deporte argentino. La emoción de esa carta no era simplemente un llamado a una entrevista, sino la materialización de un sueño largamente anhelado.

El día de la entrevista, el joven se presenta en el edificio de la calle Azopardo y México, donde lo recibe Ernesto Cherquis Bialo, una figura fundamental en el periodismo deportivo argentino. Junto a él se encontraba Osvaldo Ricardo Orcasitas, otro referente del medio. La conversación gira en torno a sus habilidades y motivaciones, mientras el joven presenta un trabajo que había preparado con gran dedicación: un collage sobre el Mundial 78, que simulaba una edición de la revista. El esfuerzo detrás de esos libros, que había diseñado durante los fines de semana, refleja su pasión y compromiso con el periodismo. Al entregarle ese material, el joven se siente como si estuviera entregando un tesoro personal.

Días después, la buena noticia llega: ha sido aceptado como aprendiz en El Gráfico. Esto marca el inicio de un camino profesional que le permitirá estar cerca de sus ídolos y vivir el día a día del periodismo deportivo. Cada domingo, se sumaba al equipo, clasificando fotos y colaborando en la redacción. Para él, trabajar en El Gráfico era como alcanzar la cúspide de sus aspiraciones, y cada jornada se convertía en una lección invaluable sobre el oficio.

Cherquis Bialo, un apasionado del fútbol y un maestro exigente, se convierte en su mentor. A través de sus enseñanzas, el joven aprende que el periodismo va más allá de informar; implica observar la realidad con una mirada crítica y artística. La precisión en los detalles se convierte en una regla fundamental: desde el número de la patente de un auto hasta la temperatura en un estadio durante un partido. La minuciosidad de estos aspectos es lo que distingue a un buen periodista de uno promedio.

El periodismo en esa época era un arte que combinaba la aventura con la bohemia, donde cada crónica era una oportunidad para capturar momentos efímeros y transformarlos en relatos perdurables. Cherquis enfatiza la importancia de no solo informar, sino de hacerlo con un sentido estético y una conexión emocional con los hechos. Esto implica un compromiso profundo con la verdad y el rigor en la verificación de la información. La búsqueda de la esencia de cada historia se convierte en un mantra, donde cada palabra cuenta y cada dato tiene su peso.

En el marco de un país convulso y lleno de desafíos, el periodismo deportivo se presenta como una ventana hacia otros mundos, un espacio donde la pasión y el amor por el deporte se entrelazan con la realidad social. Este joven periodista no solo está destinado a relatar partidos, sino a ser un testigo de su tiempo, capaz de plasmar en sus crónicas la esencia de un país que respira fútbol. Así, su recorrido en el periodismo se transforma en un homenaje a la tradición de El Gráfico, y, a su vez, en una búsqueda constante de la verdad, la belleza y la emoción que el deporte puede ofrecer.