La Selección argentina volvió a mostrar que no está dispuesta a relajarse después de haberlo ganado todo. El equipo conserva la ambición, el amor propio y la determinación para responder cada vez que un partido lo exige. Esa actitud se refleja en un grupo que sigue jugando con la urgencia de quien todavía persigue su primer gran título.

La prueba llegó frente a Inglaterra, un rival de peso, cuarto en el ranking FIFA, conducido por Thomas Tuchel y con futbolistas de primer nivel. Sin embargo, el seleccionado inglés terminó replegado y cerca de Jordan Pickford, al punto de pedir la hora durante el tramo final. Durante media hora no logró proponer su juego, un plan que puede resultar suficiente ante muchos equipos, pero que no alcanza frente a la Argentina.

La principal virtud de este equipo es su capacidad para reaccionar. Cuando recibe un golpe, vuelve a levantarse; cuando el desarrollo se complica, encuentra una respuesta. La resiliencia se transformó en una de sus principales señas de identidad y también en un rasgo emocional decisivo.

Lo habitual en el deporte es que los campeones aflojen después de alcanzar la cima. Con el tiempo, la urgencia puede disminuir y la comodidad ocupar el lugar de la ambición. La Selección argentina eligió el camino contrario: mantiene el acelerador presionado y continúa compitiendo con una intensidad que, una vez más, deja pocas palabras para describirla.