La inclusión de ostarine en la lista de sustancias prohibidas ha generado un gran revuelo entre las autoridades deportivas y los atletas. Este compuesto, diseñado originalmente para tratar la pérdida muscular en pacientes con cáncer, ha encontrado un inesperado lugar en el ámbito del deporte de élite, lo que ha llevado a cuestionar la eficacia y equidad de los controles antidopaje.

Desarrollado por el investigador James Dalton y su equipo a principios del siglo XXI, ostarine es un modulador selectivo del receptor de andrógenos que prometía ofrecer una alternativa más segura a los esteroides anabólicos tradicionales. Su objetivo era ayudar a combatir la fragilidad muscular sin los efectos adversos de estos últimos, sin embargo, la falta de aprobación médica ha suscitado inquietudes sobre su seguridad.

A pesar de que la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) prohibió el uso de ostarine en 2008, su presencia en el deporte ha aumentado significativamente. En los últimos dos años, se han detectado 114 casos en atletas, lo que plantea un dilema para el sistema antidopaje: distinguir entre el uso intencional y los resultados positivos por contaminación accidental. Esta situación ha puesto a los deportistas en una posición complicada, donde la responsabilidad recae completamente sobre ellos, independientemente de las circunstancias que rodeen su consumo.