Asistir a la final del Mundial en un estadio ubicado en las afueras de Nueva York fue, según su propio relato, una de las peores decisiones que tomó. Asegura que gastó una suma excesiva y que sufrió antes, durante y después del partido. Por eso, afirma que no volverá a concurrir a una cancha para ver fútbol.

Su plan original era seguir la definición desde su casa, en soledad y con todas las comodidades: una pantalla grande, aire acondicionado y la cocina cerca para prepararse cafés y gaseosas. Ese formato le había resultado cómodo durante los partidos de Argentina y España en el Mundial. Sin embargo, su esposa, aficionada a los espectáculos masivos, lo convenció de comprar entradas para la final.

No era la primera vez que una experiencia de ese tipo lo hacía pasar un mal momento. Recuerda especialmente una noche en el estadio de Wembley, en Londres, adonde acompañó a su esposa para asistir a un recital de Taylor Swift. Al terminar el show, ambos quedaron atrapados entre una multitud que no podía avanzar hacia la estación de subte porque la policía bloqueaba el paso, pero tampoco retroceder para alejarse de la concentración de personas. En ese momento, sintió que podía morir asfixiado y decidió que nunca más asistiría a un espectáculo masivo.

Pese a ese antecedente, terminó aceptando la propuesta de comprar entradas para la final del Mundial. El malestar, además, se sumó a otro gasto que había realizado días antes, cuando su esposa lo persuadió de adquirir boletos para el partido por la medalla de bronce entre Inglaterra y Francia.