El fútbol argentino transita una contradicción difícil de disimular. Por un lado, Lionel Messi y el grupo de jugadores y miembros del cuerpo técnico que lo acompañó durante la etapa más gloriosa de la Selección representan una fuente de alegría y orgullo. Por el otro, la conducción de la Asociación del Fútbol Argentino quedó envuelta en cuestionamientos que proyectan una imagen opuesta.

La despedida de Messi, concretada el martes en River, estuvo lejos de ser el homenaje ideal. El partido resultó olvidable y la ceremonia fue objeto de críticas por su organización. Sin embargo, el reconocimiento de los hinchas logró imponerse y convirtió el encuentro en una muestra de gratitud hacia el capitán, cuya trayectoria con la camiseta argentina excede cualquier resultado de una noche.

La otra cara está vinculada con Claudio Tapia y Pablo Toviggino, principales autoridades de la AFA, quienes son investigados en una serie de causas judiciales por presunta corrupción. Esas actuaciones, junto con cuestionamientos sobre el manejo de los fondos de la institución y el nivel de riqueza exhibido por sus dirigentes, alimentan una sensación de hartazgo en una sociedad golpeada por la crisis.

El malestar también alcanza a los poderes político y judicial. La percepción de que existen complicidades destinadas a proteger a los dirigentes y a facilitarles el camino hacia la impunidad profundiza la distancia entre una dirigencia que se blinda y una sociedad exhausta y empobrecida.

La noche del martes expuso ambas realidades en un mismo escenario. Mientras las tribunas se llenaron para despedir al ídolo, también aparecieron abucheos dirigidos contra quienes conducen el fútbol argentino. Entre el aplauso y el rechazo, los hinchas parecieron distinguir con claridad aquello que merece orgullo de aquello que provoca vergüenza.