La derrota de la selección argentina en la final abrió una semana marcada por el dolor, el reconocimiento al equipo y una sucesión de versiones que dificultaron un análisis sereno del partido. Frente a un resultado adverso, cobró fuerza la tentación de atribuirlo a una supuesta maniobra externa antes que revisar los defectos propios y las decisiones tomadas durante el encuentro.
El árbitro esloveno Slavko Vincic apareció rápidamente entre los principales señalados. A esa discusión se sumó una versión según la cual el plantel había recibido el aviso de que el FBI preparaba un operativo en el vestuario para detener a Claudio Tapia. También se vinculó ese supuesto episodio con una frase de Lionel Messi, quien habría planteado que era necesario olvidarse de “todo”. Sin embargo, no surgieron indicios que permitieran relacionar una situación con la otra.
Otra de las versiones sostuvo que los jugadores habían sido presionados después de exhibir una bandera con la leyenda “las Malvinas son argentinas”. La sanción prevista por el reglamento para ese tipo de conducta, según el planteo, se limitaría a una multa, por lo que no resultaba necesario recurrir a la hipótesis de una intimidación al plantel.
A esas especulaciones se agregó la idea de que Gianni Infantino necesitaba el respaldo de la Federación Española para conseguir una nueva reelección. El conjunto de afirmaciones, aunque no fue unánime, desplazó por momentos la discusión sobre el desempeño de la selección y presentó la derrota como el resultado de una supuesta campaña orquestada desde los niveles más altos del poder. La victimización apareció así como una explicación más sencilla y atractiva que el reconocimiento de las falencias del equipo.



