La parálisis del sueño es un fenómeno que afecta a numerosas personas anualmente, llevando a quienes lo experimentan a un estado de confusión entre el sueño y el miedo. En estas situaciones, el individuo se encuentra consciente pero incapaz de mover su cuerpo o emitir sonido, lo que genera una experiencia aterradora. Aparte de la inmovilidad, las alucinaciones intensas y la sensación de amenaza que acompañan a estos episodios los convierten en uno de los mayores temores nocturnos, dejando un rastro de angustia mucho después de que el episodio concluye.
Durante estos episodios, la persona se siente atrapada en un limbo, sin poder reaccionar ante presencias inquietantes o la sensación de asfixia. Según los testimonios de neuropsicólogos, la mente es capaz de captar con claridad imágenes y sonidos, percibiendo entidades ajenas, mientras que el cuerpo permanece desconectado y sin capacidad de respuesta.
Las experiencias compartidas por quienes han sufrido parálisis del sueño a menudo incluyen la visión de sombras, una presión intensa en el pecho y alucinaciones auditivas, como murmullos o pasos. Además del terror visual, algunos relatos también mencionan sensaciones táctiles, como la impresión de ser arrastrado de la cama o la sensación de algo respirando en la nuca. Especialistas explican que esta condición resulta de una disfunción en la transición entre las fases del sueño, donde la mente recupera la consciencia antes de que el cuerpo se despierte completamente, permitiendo que elementos del mundo onírico se infiltran en la realidad.
El neuropsicólogo Paul Broks señala que, durante estos episodios, hay un aumento del flujo sanguíneo en áreas del cerebro menos relacionadas con la lógica y más con la emoción, lo que provoca una hiperactividad de la amígdala, generando así respuestas de miedo intensas. Este proceso acompaña a la dificultad para respirar y la opresión en el pecho, sensaciones comunes entre quienes lo padecen. Así, dos niveles de consciencia coexisten, permitiendo que las imágenes oníricas se integren a la percepción de la realidad, creando una experiencia multisensorial que el cerebro asimila como innegable.



