Duncan Ferguson, una figura controvertida del fútbol británico, es recordado no solo por su talento en la cancha, sino también por un incidente que cambió su vida y carrera para siempre. En abril de 1994, durante un partido en el estadio Ibrox, Ferguson propinó un cabezazo a John McStay del Raith Rovers, un acto que lo llevaría a enfrentar serias consecuencias legales y personales.
A pesar de que el árbitro del encuentro, Kenny Clark, no sancionó la agresión, las autoridades escocesas decidieron actuar un año y medio después. Ferguson fue condenado a tres meses de prisión, una decisión histórica en el ámbito del fútbol profesional en el Reino Unido, debido a su historial de conducta violenta en el campo. Este episodio no solo lo excluyó de los partidos, sino que también lo llevó a la prisión de Barlinnie, un lugar conocido por su dureza y violencia.
En sus propias palabras, Ferguson expresó su pesar por lo ocurrido, manifestando que desearía no haber tomado aquella decisión impulsiva. Aunque es reconocido como uno de los máximos goleadores escoceses en la Premier League, su carrera internacional se vio truncada, ya que solo jugó siete partidos con la selección nacional. La experiencia carcelaria fue dura; en Barlinnie, aprendió rápidamente que su fama no lo protegía de los peligros del entorno. Reflexionando sobre su tiempo en prisión, Ferguson admitió que la experiencia lo marcó y afectó su pasión por el fútbol, dejándolo con un profundo sentimiento de amargura y frustración.



