El arsénico es considerado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) una de las diez sustancias más preocupantes para la salud pública. Su presencia en cursos de agua superficiales y subterráneos puede pasar inadvertida porque se trata de un elemento inodoro, incoloro e insípido. En la mayoría de los casos, su origen es natural: proviene de formaciones geológicas y se disuelve en las napas subterráneas.

La exposición puede producirse por las vías digestiva, inhalatoria y cutánea. De acuerdo con el Mapa de Arsénico elaborado por el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), más de 4 millones de argentinos podrían estar potencialmente afectados por consumir, utilizar para cocinar o bañarse con agua que contiene concentraciones elevadas. La exposición se vincula con el hidroarsenicismo crónico regional endémico y con patologías como cáncer de pulmón, cáncer de laringe, tos crónica y fibrosis pulmonar.

El relevamiento señala además que el 80 por ciento de la provincia de Buenos Aires presenta concentraciones superiores a 50 ppm, mientras que la OMS recomienda no superar los 10 ppm. Frente a este escenario, un equipo de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires trabaja en el diseño de un biosensor sensible y accesible. El proyecto es liderado por Alejandro Nadra y utiliza bacterias genéticamente modificadas que reaccionan con una coloración azul cuando detectan arsénico. Según la información disponible, el dispositivo alcanza una precisión cercana al 98 por ciento en comparación con análisis convencionales.