En 1994, durante la primera gira oficial de los Springboks por la Argentina, Sudáfrica venció a Los Pumas en el segundo Test Match. El seleccionado sudafricano había pasado muchos años sin competir debido a la sanción internacional contra el régimen del Apartheid. Para quienes seguíamos el rugby, era la posibilidad de ver en acción a un equipo del que se hablaba como una potencia comparable con los All Blacks, aunque había sido apartado del escenario internacional por el racismo impuesto como política de Estado.

Yo tenía 11 años y estaba fascinado con aquellos jugadores. Joost van der Westhuizen y André Joubert parecían hacer lo que querían en la cancha, mientras los Springboks terminaron imponiéndose por 52 a 23. Después del partido, el equipo saludó al público con una vuelta olímpica. Cerca de donde estábamos, dos hombres comenzaron a insultar a los jugadores, simplemente por ser los rivales de Los Pumas.

Recuerdo que les pedí que se callaran. Me miraron sorprendidos: no entendían que un chico vestido con shorts y camiseta les hiciera ese reproche. Cuando insistieron y preguntaron por qué, les respondí que eran unos desubicados. Finalmente cerraron la boca y empezaron a bajar por las escaleras de madera. Mi papá y un amigo suyo me miraron; “estuviste bien”, me dijo. En aquella época todavía no tenía los frenos que suelen inhibir las respuestas auténticas. Quizá por eso reaccioné así, o quizá nunca me interesó demasiado el fanatismo ciego.