El domingo terminó con tristeza: la cuarta estrella se esfumó, aunque la esperanza resistió hasta el pitazo final. Un rato antes de las 16, un chico de cinco años ya alentaba a la Selección desde su balcón, equipado con una vuvuzela, la camiseta con el número 10 en la espalda y las mejillas pintadas de celeste y blanco.

Tiene nombre y apellido, pero para mí siempre será el “pequeño Messi”, el vecino más futbolero que tuve durante aquel Mundial. Lo conocí el día en que la Scaloneta le ganó 2 a 0 a Austria. Volvía del jardín de infantes con una euforia desbordante y hacía temblar el edificio a fuerza de cornetazos. Cuando le pregunté, sorprendida, “¿Qué hace Messi en el ascensor?”, se rio y enseguida entendió que hablaba de su camiseta, que casi parecía un vestido sobre el guardapolvo.

Su madre se mostró incómoda por el ruido, pero se quedó tranquila cuando acordamos algunas reglas de convivencia. La vuvuzela podía sonar por los pasillos únicamente los días de partido argentino y, una vez terminado el Mundial, debía guardarse como cábala hasta el próximo torneo. “Está bien”, respondió el pequeño. Después nos estrechamos la mano para sellar el “pacto de honor”. No pasaron 48 horas y ya extraño escucharlo con la misma alegría. Habrá que esperar hasta 2030.