Cuando una persona alcanza una dimensión excepcional en el fútbol, el deporte más popular y pasional del mundo, su influencia puede resultar inconmensurable. Con el Mundial terminado, surge una pregunta inevitable: ¿y si nos acostumbramos a lo extraordinario?

Lionel Messi es único. Haber disputado tres finales en cuatro Mundiales consecutivos constituye un logro poco común, casi fuera de toda medida. En su caso, lo extraordinario parece transformarse en algo habitual: posee una convicción inagotable de que todo es posible y una capacidad de liderazgo que transmite resiliencia al equipo.

Personas con esas cualidades son escasas en cualquier ámbito de la vida. Por eso, cuando aparecen, cuesta imaginar una despedida, aunque todos los ciclos finalmente llegan a su fin. Lo que permanece es el legado construido. No sé, Leo, si este habrá sido tu último Mundial con la selección, pero sí estoy segura de que el pueblo argentino te agradecerá para siempre haberlo hecho creer que nada es imposible, tanto en la cancha como en la vida.

Melina Eidner